La consagración y el silencio
Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés
Hay, en ciertas celebraciones colectivas, una intensidad que desborda el objeto mismo que celebran. Este texto examina el momento en que la visibilidad sustituye a la evaluación y en que la adhesión se mide por el ruido y no por los resultados.
Hay, en ciertas celebraciones colectivas, una intensidad que desborda el objeto mismo que celebran. Una plaza que se llena, cortejos improvisados, mensajes de instituciones que, apenas la víspera, no parecían sentirse concernidas. Las pantallas se hacen eco, las voces se superponen, las banderas vuelven a salir de los cajones. Durante unos días, una figura concentra un fervor que pocos acontecimientos públicos logran suscitar en este país. Un comunicado del ministerio competente, otro en nombre del primer ministro, una recepción en la cancillería, a veces una pasantía ofrecida, a veces una beca, casi siempre la misma intensidad sea cual sea el objeto. Luego la ola amaina. Deja tras de sí una pregunta que no siempre nos atrevemos a formular: ¿qué celebramos exactamente, y por qué eso y no otra cosa?
La pregunta no es nueva. Las sociedades siempre han producido sus héroes del momento, sus rostros de temporada, sus triunfos efímeros. Lo que se ha desplazado es la frontera entre lo que merece reconocimiento y lo que merece simplemente atención. Esa distinción, que antes sostenían instituciones de mediación (la escuela, la prensa escrita, los gremios profesionales, las academias), se ha adelgazado considerablemente. Ahora se dirime en un espacio donde la velocidad de circulación de una imagen pesa más que la densidad de la trayectoria que representa.
Un equilibrio antiguo, acelerado por las plataformas
Sería cómodo creer que este desplazamiento es producto de las redes sociales. La datación sería errónea. Quienes crecieron aquí en los años dos mil recuerdan sin esfuerzo los concursos televisivos entre escuelas que ponían a prueba la cultura general y la rapidez intelectual de alumnos de secundaria cuidadosamente seleccionados. Los ganadores se marchaban con premios modestos. Al mismo tiempo, en los canales de la competencia, programas de visibilidad (concursos de belleza, castings, concursos de talentos) repartían automóviles, pasajes de avión y premios en efectivo de un orden de magnitud incomparable. Los dos formatos convivían, hablaban al mismo público y enviaban, sin ponerse de acuerdo, dos mensajes opuestos sobre lo que la sociedad prometía a cambio del esfuerzo. Uno de esos mensajes se oía con más claridad que el otro. Los adolescentes que veían esos programas son hoy adultos, y sus decisiones de orientación, sus carreras, sus estrategias de salida no son ninguna sorpresa.
Lo que las plataformas digitales cambiaron no es la jerarquía implícita de los modelos. Es la velocidad a la que se transmite, la granularidad con que se mide, la potencia de la señal de retorno. La viralidad hizo visible un equilibrio que ya existía, lo densificó y lo aceleró. No lo inventó.
Lo que Simon había visto
Herbert Simon advirtió, ya en los años setenta, que una sociedad rica en información se volvería mecánicamente pobre en atención. El recurso escaso que habría que gestionar ya no sería el saber disponible, sino la capacidad colectiva de concentrarse en aquello que, entre todo ese saber, merece ser retenido. Medio siglo después, esa intuición se ha convertido en la matriz operativa de las plataformas. El valor se mide en ellas por el tiempo de mirada captado, por las veces que algo se comparte, por la densidad emocional de una secuencia. En el lenguaje de Bourdieu, se diría que el capital simbólico se ha reconfigurado: lo que confiere autoridad y reconocimiento ya no es necesariamente lo que acredita una competencia, sino lo que acredita una visibilidad.
En una economía avanzada, esa reconfiguración sigue siendo parcial. El capital simbólico de la visibilidad convive con otros capitales (universitario, profesional, científico) que disponen de sus propios circuitos de consagración, de sus revistas, de sus premios, de su cobertura mediática, de sus canales de financiamiento. En una economía en la que esos circuitos paralelos se han desmoronado, la reconfiguración tiende a volverse total. Ya solo queda una gramática del reconocimiento, y es la de la atención captada.
Dos formas de éxito que no hay que confundir
Aquí se impone una precisión, porque la confusión es frecuente y enturbia el diagnóstico. No todas las victorias visibles valen lo mismo, ni todas responden a la misma lógica. Un concurso de elocuencia, una actuación oratoria construida tras años de trabajo, un premio internacional obtenido en una disciplina exigente movilizan una excelencia cognitiva real. Que vayan acompañados de emoción, de puesta en escena, de relato personal no los convierte en objetos de pura visibilidad. Producen emoción porque la excelencia, cuando se encuentra con un público, la produce.
Lo que hay que distinguir es la celebración que recompensa una construcción larga de la que recompensa únicamente la capacidad de captar la mirada. Un triunfo obtenido por la viralidad de una secuencia de unos segundos, una victoria otorgada por el voto en línea de una comunidad de seguidores, una notoriedad adquirida mediante la ocupación estratégica de un algoritmo no pertenecen al mismo orden de mérito que la publicación de una tesis, la redacción de una patente, el éxito en un concurso científico u oratorio exigente. Se habrá entendido, al leer lo anterior, que los concursos de elocuencia trabajados, las olimpiadas científicas y las publicaciones con revisión por pares pertenecen a la columna de la construcción larga, sean cuales sean las emociones legítimas que suscitan en el momento de su consagración. La línea divisoria no pasa entre lo que emociona y lo que no emociona. Pasa entre lo que ha sido construido y lo que solo ha sido visto. Añado, para ser del todo honesto, una precisión que el pudor académico suele disimular tras una falsa simetría: esos dos órdenes de mérito no tienen el mismo valor para la colectividad. Un país no se gobierna con capital de atención. Se gobierna con saber transferible, con ingeniería fiable, con derecho bien escrito, con medicina bien formada. La razón es mecánica y no responde a un juicio moral. Una audiencia digital, por masiva que sea, no puede ser convocada a una sala de juntas para redactar una licitación, no puede auditar una cuenta pública, no puede operar a un paciente, no puede diseñar un puente. Tampoco se transmite a la generación siguiente en forma de manuales, de procedimientos, de jurisprudencia. El capital que constituye es, por construcción, individual, perecedero y ligado a la plataforma que lo aloja. Pretender que ambos valen lo mismo sería una mentira diplomática, y no tengo intención de alimentarla. La sociedad puede celebrar los dos. Debe, en cambio, dejar de celebrarlos como si produjeran, para ella, el mismo tipo de bien público.
Por lo demás, sería deshonesto pretender que construir una audiencia digital de varios cientos de miles o de algunos millones de personas no exige ningún esfuerzo. Exige un trabajo real, constancia, una lectura fina del algoritmo, una intuición de lo que le habla a un público determinado, perseverancia frente a una competencia feroz. Es una habilidad, tiene un valor económico demostrable y a veces proporciona a quienes la dominan ingresos superiores a los de varias profesiones calificadas clásicas. Minimizarlo sería un reflejo conservador, no un argumento.
El problema no es, pues, el del esfuerzo individual, que existe en ambos lados. Es el de la naturaleza del capital producido y el de la señal que se envía a las generaciones que miran. Una audiencia construida en una plataforma pertenece, en sentido económico estricto, a la plataforma y a su algoritmo. No constituye un saber transferible que la sociedad pueda movilizar mañana para diagnosticar una epidemia, negociar un acuerdo comercial, diseñar una obra de ingeniería o redactar un código fiscal. Una tesis, aunque sea modesta, una patente, aunque sea local, una publicación en una revista exigente construyen un capital acumulativo, transmisible, reutilizable por otros. La función social del reconocimiento público no es medir el esfuerzo de quien triunfa. Es señalar a las generaciones siguientes las inversiones en capital humano que la colectividad considera estratégicas para su propio funcionamiento. Cuando la institución pública celebra indistintamente ambas cosas, no está diciendo que valgan lo mismo. Está diciendo que ha renunciado a sopesar sus efectos respectivos sobre la capacidad colectiva de hacer funcionar el país.
Por qué la multitud suele tener razón
Sería fácil, y perezoso, juzgar que la multitud se equivoca. En un contexto marcado por un cansancio colectivo prolongado, por la inseguridad cotidiana, por la erosión de las perspectivas, las victorias rápidas y encarnadas cumplen una función que los logros de largo aliento no pueden cumplir. Ofrecen una válvula de escape, un orgullo compartido, un respiro colectivo. Dicen que todavía es posible, incluso aquí, ganar algo. No es poca cosa, y no merece ni desprecio ni condescendencia. Los psicólogos sociales han documentado desde hace tiempo que una población en situación de incertidumbre aguda se agrupa primero en torno a las figuras que condensan una promesa de emoción positiva inmediata, y solo después en torno a las figuras cuyo valor exige ser descifrado.
La dificultad no viene, pues, de la multitud. Viene de lo que ocurre a su alrededor. Viene de las instituciones cuya función histórica es precisamente arbitrar, jerarquizar, distinguir los órdenes de mérito, y que eligen situarse en la prolongación de la ola en lugar de dialogar con ella. Una institución que aplaude lo que todo el mundo aplaude cumple un papel de espejo. No cumple su propio papel. El riesgo no es que se equivoque de blanco. El riesgo es que deje, poco a poco, de ser percibida como un lugar donde todavía puede formarse una jerarquía distinta de la de las tendencias.
La institución que deja de arbitrar
En la teoría de las instituciones hay una diferencia fundamental entre las que arbitran y las que siguen. Las primeras imponen una jerarquía a las preferencias colectivas, aun a riesgo de contrariarlas, y extraen su legitimidad de su capacidad de construir otra escala de valor. Las segundas se conectan al flujo de atención y extraen su legitimidad de su sincronía con él. En un Estado debilitado, la segunda postura se convierte casi siempre en la norma. Es menos costosa políticamente, produce un retorno afectivo inmediato, evita los arbitrajes que disgustan. Cada ministro, cada embajada, cada comunicado que difunde la victoria del momento hace exactamente lo que se espera de él, y, en un sentido estrecho, tiene razón al hacerlo. Lo que falta no es la celebración. Lo que falta es el dispositivo paralelo que haga visibles las trayectorias que el flujo de atención no lleva consigo de manera espontánea.
Un Estado que organiza un premio nacional anual de investigación científica, que dota de becas identificables a los ganadores de olimpiadas internacionales, que publica un anuario de las tesis defendidas por sus nacionales en el mundo, que cubre sistemáticamente, a través de su prensa estatal, las publicaciones en revistas exigentes, construye una segunda cadena de consagración. Esa segunda cadena no reemplaza a la primera: la complementa. Señala a las familias, a los docentes, a los adolescentes, que existe otro tipo de éxito y que el poder público lo reconoce. A falta de ese dispositivo, el reconocimiento público se reduce mecánicamente a lo que la atención colectiva produce por sí misma. Ahora bien, la atención colectiva, como hemos visto, selecciona primero lo que se lee sin traducción.
La observación, en Haití, no requiere ningún aparato estadístico. Basta con comparar, en un período dado, el trato reservado a dos tipos de acontecimientos. Por un lado, las victorias mediáticas producen en pocos días varios comunicados oficiales, recepciones ministeriales, a veces la concesión de una pasantía o de una beca, una presencia prolongada en los editoriales y los noticieros de televisión. Por otro, los logros cognitivos de larga construcción (ganadores nacionales de olimpiadas científicas, jóvenes investigadores publicados en revistas con revisión por pares, ingenieros premiados en el extranjero) atraviesan el espacio público en unas pocas líneas de un despacho, sin un relevo institucional articulado, sin un dispositivo de consagración paralelo. Esa diferencia no es una percepción. Es una constante observable, caso por caso, mes tras mes, desde hace al menos una década.
Lo que observan los jóvenes
Los adolescentes observan, con una agudeza que se subestima, lo que su sociedad hace visible, lo que recompensa, lo que deja en la sombra. Si el esfuerzo intelectual, la paciencia metódica, la disciplina de un aprendizaje largo producen menos reconocimiento social que una exposición exitosa, la conclusión racional se extrae enseguida. No es que la aspiración al saber desaparezca. Simplemente se desplaza a una zona privada, casi íntima, disociada de toda promesa de gratificación pública. Se sigue estudiando, pero ya no se espera realmente que eso se vea. Es precisamente el momento en que una economía del conocimiento empieza, en silencio, a despoblarse.
Las comparaciones internacionales no consuelan. Los programas de telerrealidad, los concursos de visibilidad, las plataformas de influencia estructuran hoy carreras enteras en economías mucho más estables que la nuestra. Pero esas economías disponen, en paralelo, de ecosistemas intelectuales lo bastante densos como para absorber la competencia del ruido. Universidades bien financiadas, revistas prestigiosas, premios científicos cubiertos por la prensa nacional, mecenazgo privado orientado a la investigación. La viralidad existe allí, pero no ocupa sola el campo del reconocimiento. Donde esos contrapesos son frágiles o intermitentes, la economía de la atención tiende a ocupar todo el espacio disponible, a falta de adversarios a su altura.
La pregunta que queda
Sería tentador, a estas alturas, prescribir. Decir qué habría que celebrar más y qué habría que celebrar menos. La exhortación no da en el blanco, porque confunde el síntoma con la estructura. No son las multitudes las que hay que reeducar. Son los mecanismos de mediación los que hay que volver a aprender a habitar. Una sociedad que desea mantener viva una pluralidad de méritos debe aceptar financiar, proteger y hacer visibles las trayectorias que no producen espontáneamente emoción viral. Eso supone arbitrajes, a veces impopulares, por parte de instituciones que se han acostumbrado a alinearse en lugar de distinguir.
Queda un interrogante, que formulo sin responderlo. Cuando la visibilidad se convierte en el principal criterio de valor, ¿qué hacemos con las formas de éxito que, por naturaleza, no se dejan fotografiar? Una demostración matemática, un avance clínico, una investigación histórica paciente no producen imágenes espectaculares. Producen, con el tiempo, efectos que las sociedades que supieron acogerlas aprendieron a reconocer, a veces con pesar, a menudo demasiado tarde. No es seguro que aún dispongamos del tiempo largo necesario para llevar a cabo ese reconocimiento diferido. Tampoco es seguro que hayamos medido realmente lo que perderíamos si dejáramos por completo de llevarlo a cabo.
Entre la consagración y el silencio, hay menos una elección que hacer que un equilibrio que reconstruir. La cuestión no es saber quién merece a la multitud. Es saber qué instituciones, qué voces, qué espacios querrán todavía, mañana, cargar con lo que no arrastra multitudes.
Sé que este texto tomará, para algunos lectores, un cariz que no busca. Se leerá en él una crítica de tal o cual victoria reciente, cuando no nombra ninguna y sitúa, de forma muy explícita, las excelencias cognitivas reales del lado que defiende. Sin duda se me reprochará escribir, en el momento equivocado, lo que se piensa en privado sin decirse en público. Dudé, lo confieso. Es más cómodo saludar la victoria del momento, alegrarse con los demás, dejar la cuestión para otra semana, para otro mes, para un tiempo en que ya no moleste a nadie. Pero ese otro tiempo nunca ha llegado en este país, y hay algo que tiene a la vez de deber profesional y de cansancio personal en ver, año tras año, a los mejores de nuestros jóvenes marcharse hacia sociedades que sí saben reconocer lo que valen. No escribo para buscar la aprobación de un público lector ni para ahorrarme el disgusto de desagradar. Escribo porque me parece que el silencio prolongado sobre esta cuestión le cuesta más caro a la nación que la palabra que la nombra. Quien quiera ver en este artículo un ataque contra las figuras que admira, lo verá. El texto, por su parte, habla de otra cosa.
Entre la consagración y el silencio, no hay una elección que zanjar. Hay un equilibrio que refundar. Una nación que ya no sabe distinguir lo que debe a quienes la construyen en la sombra de lo que debe a quienes la iluminan por una noche deja, poco a poco, de ser una nación. Se convierte en una audiencia. Y rara vez se ha visto en la historia que una audiencia gobierne por mucho tiempo su propio destino.
La verdadera cuestión, la que transmitiremos, resuelta o no, a la generación que viene, no es saber quién merece a la multitud. Es saber qué instituciones, qué voces, qué espacios querrán todavía, mañana, cargar con lo que no arrastra multitudes. Nos queda poco tiempo para responderla. Ya no nos queda el lujo de no plantearla.