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Autopsie · Sociedad

Haití: cuando aguantar costará más que soltar

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Publicado en Le Nouvelliste el 6 de julio de 2026. Leer en lenouvelliste.com ↗

Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés

Existe un ritual haitiano más antiguo que las constituciones: el juicio permanente, en el que cada sector se sienta por turnos como acusado y como juez. La columna busca el punto en que mantener ese ritual costará más que renunciar a él.

Hay un ritual haitiano más antiguo que nuestras constituciones y más estable que nuestros gobiernos. Podría llamarse el juicio permanente. Cada generación comparece en él, cada sector se sienta por turnos como acusado y como juez, y el veredicto es siempre el mismo: culpable, el otro. El comerciante acusa al político, el político acusa al extranjero, el extranjero acusa a la corrupción, la corrupción no acusa a nadie porque no tiene portavoz, y el país, mientras tanto, sigue haciendo lo que hace desde hace mucho tiempo. Aguanta. No se derrumba, no se levanta. Aguanta.

En una columna anterior sostuve que el problema no era la élite, sino la máquina que la fabrica, y en otra, que Haití no perece, sino que lo tienen sujeto, mantenido en una posición baja por un conjunto de fuerzas a las que esa inmovilidad les sale a cuenta. Esos dos textos dejaban abierta una pregunta, y es la que hoy me ocupa. ¿Sujeto por quién, exactamente? Y, si se logra responder, ¿hay que señalar con el dedo? ¿Es siquiera por ahí por donde empieza un vuelco?

La tentación de responder con una lista es fuerte. El sector privado empresarial. La clase política. Los traficantes de armas y de estupefacientes. Las potencias extranjeras y sus intermediarios. Cada uno de esos sospechosos tiene su expediente, grueso, documentado, abrumador en algunos puntos. Y sin embargo voy a defender aquí una posición que disgustará a los fiscales de todos los bandos: la pregunta «¿quién es culpable?» está mal planteada, no porque nadie lo sea, sino porque en un país como el nuestro la culpa es una moneda devaluada. Todo el mundo la tiene. Ya no compra nada.

LA CULPA DE TODOS NO ES CULPA DE NADIE

Tomemos el juicio en serio, el tiempo justo para mostrar sus límites.

El escrito de acusación contra el sector privado formal es conocido. Una economía de rentas más que de producción. Posiciones dominantes en la importación de bienes esenciales. Una financiación histórica del personal político, menos por convicción que como seguro, como quien paga una prima contra el riesgo de quedar del lado equivocado de una decisión. Una preferencia revelada por el Estado débil, el que no controla, no grava donde debería, no hace cumplir lo que molestaría.

El escrito de acusación contra la clase política no es más benévolo. Un horizonte reducido a la duración de un mandato, a menudo menos. Una concepción de la función pública como botín y no como deber. Una notable capacidad para convertir cada crisis en una posición de negociación.

El que pesa sobre las redes de tráfico es el más sencillo: son los únicos actores cuyo negocio exige explícitamente el desorden. Un Estado que funciona, puertos controlados, una justicia que juzga: todo eso los arruina directamente.

El que pesa sobre el actor extranjero, por último, es el más antiguo. Dos siglos de intervenciones, embargos, ocupaciones, tutelas disfrazadas de asistencia, y esta constante notable: la preferencia por la estabilidad de fachada frente a la transformación real, porque la fachada cuesta menos y sale mejor en las fotos.

Cuatro expedientes, cuatro culpables plausibles. Y es precisamente ahí donde el juicio se derrumba. Si todo el mundo es culpable, el tribunal ya no puede jerarquizar, y si no puede jerarquizar, ya no puede prescribir. Se sale de la audiencia con una sensación de justicia y ninguna estrategia. Es la trampa del dedo acusador: satisface la necesidad moral y esteriliza la necesidad política.

Pero hay una razón más profunda, y merece que nos detengamos en ella, porque cambia todo el resto del razonamiento.

Esos cuatro actores no son cuatro voluntades independientes que habrían elegido, cada una, el mal. Son cuatro jugadores atrapados en una misma partida, y cada uno hace la jugada que mejor lo protege, habida cuenta de lo que juegan los demás. Fíjese bien. El comerciante financia al político no por gusto, sino porque, si sus competidores lo hacen y él no, se queda solo y expuesto. El político extorsiona porque el aparato que debería pagarle y vigilarlo no hace ni lo uno ni lo otro. El traficante prospera porque cada punto de entrada al territorio se ha convertido en una negociación privada. El extranjero se acomoda porque, vista de lejos, la inmovilidad se parece a la estabilidad.

Cada uno es prisionero del comportamiento de los demás. El que cambiara de conducta primero, solo, perdería de inmediato, sin garantía de que nadie lo siguiera. Así que nadie se mueve. Los economistas tienen un nombre erudito para esta situación, pero no hace falta el nombre para captar su naturaleza: es un círculo en el que cada mano sujeta la muñeca de otra, y en el que aflojar el agarre es caer. Un equilibrio bajo, indigno, pero un equilibrio en sentido fuerte: un estado del que a nadie le conviene salir primero.

De ahí esta consecuencia, que nuestra historia verifica con una crueldad monótona: reemplace a cualquier jugador y la partida continúa. Generaciones de figuras nuevas entraron en ese círculo con intenciones que queremos creer sinceras. El círculo las digirió. No es que los hombres fueran débiles. Es que la estructura era más fuerte, y una estructura no se deja impresionar por las biografías.

CAMBIAR DE PREGUNTA

Si el juicio no lleva a ninguna parte, cambiemos de pregunta. La buena, me parece, no es «¿quién tiene más culpas?», sino «¿quién puede moverse primero al menor costo?». En el círculo de manos apretadas, no todos sujetan de la misma manera. Algunos caerían desde muy alto si soltaran. Otros, en realidad, se cansan de aguantar y saldrían ganando si abrieran la mano, si tan solo pudieran estar seguros de no ser los únicos.

Es un desplazamiento incómodo. Equivale a decir que la responsabilidad, en un sistema bloqueado, no se mide por las culpas del pasado, sino por el margen de maniobra del presente. El campesino del Artibonito y el naviero de la capital son prisioneros del mismo círculo, pero el precio de su salida no es el mismo, y esa diferencia de precio reparte las responsabilidades mucho mejor que cualquier tribunal moral.

Pasemos, pues, las cuatro posiciones por ese nuevo tamiz.

El traficante queda descartado de entrada. En ningún escenario sale ganando con el cambio. No es candidato al vuelco: es su obstáculo. Su participación no se negocia: se neutraliza o se padece.

El político está mal situado por una razón que nada tiene que ver con la virtud: el tiempo. Su supervivencia se juega en meses. El vuelco del que hablamos rinde en décadas. Pedir al personal político, tal como el sistema lo fabrica y lo apremia, que sostenga una inversión tan larga es pedir a alguien que no sabe si comerá mañana que ahorre para la jubilación. Puede acompañar un movimiento. No puede iniciarlo.

El extranjero tiene los medios, pero no se juega el pellejo. No vive aquí, sus hijos no crecen aquí, y sus decisiones se toman en otra parte, según lógicas en las que Haití pesa lo que pesa, es decir, poco. La historia, tanto la larga como la reciente, enseña lo mismo: el actor externo puede congelar una situación, agravarla, a veces aflojarla por un momento. Nunca la ha transformado. Esperar de él la iniciativa es repetir nuestro error más antiguo, el que consiste en confiar la soberanía a otros con la esperanza de recoger sus frutos.

Queda el cuarto acusado. Y es aquí donde el análisis se vuelve incómodo.

LA PARADOJA DEL CAPITAL

El sector privado formal haitiano reúne tres ventajas que ningún otro jugador posee a la vez. Ninguna de las tres es una cualidad moral. Son propiedades de posición, y precisamente por eso cuentan.

La primera ventaja es el número. O, más bien, su ausencia. El capital organizado de este país son unas cuantas decenas de grupos que se conocen, se cruzan, a veces se casan entre sí y, sobre todo, hacen negocios juntos desde hace generaciones y seguirán haciéndolos. Ahora bien, hay una vieja verdad de la acción colectiva: cuanto más grande es un grupo, menos actúa. Un millón de ciudadanos que quieren todos lo mismo no consiguen nada, porque cada uno espera a que empiece el vecino y nadie puede vigilar a nadie. Treinta familias que coinciden en los mismos consejos de administración pueden, en cambio, darse su palabra y comprobar que se cumple. El sociólogo diría que los grupos pequeños con relaciones duraderas son los únicos capaces de organizarse sin árbitro. En un país sin árbitro, esa capacidad es el recurso más escaso que existe.

La segunda ventaja es el cálculo. De todos los que sostienen el círculo, el sector privado es el único que ganaría más en el juego grande que en el pequeño. Haga el ejercicio. Un Estado de derecho, contratos que se cumplen, carreteras abiertas, un mercado interno que crece porque sube el ingreso de los hogares, una diáspora que invierte en lugar de enviar solo lo justo para sobrevivir. En ese escenario, el capital haitiano prospera como nunca ha prosperado. Sus rentas actuales son reales; nadie lo niega. Pero una renta extraída de una economía que se encoge es una riqueza que se devora a sí misma creyéndose un patrimonio. El traficante lo pierde todo en el escenario alto. El político del botín pierde en él su oficio. El capital productivo sale ganando. Esa asimetría es el hecho más importante de toda esta columna, y el menos discutido.

La tercera ventaja es la señal. En el círculo de manos apretadas, lo que falta casi nunca son las ganas de soltar. Lo que falta es la certeza de que, si yo suelto, otros sueltan conmigo. Todo el mundo espera una señal, y no cualquiera: una señal costosa, verificable, que demuestre que quien la emite habla en serio. ¿Y de dónde vendría la señal más convincente? Precisamente del actor del que todo el mundo sospecha que se beneficia del desorden. Cuando el principal sospechoso cambia visiblemente de conducta, cada cual revisa lo que creía posible. Una declaración política no produce ese efecto: ya hemos oído demasiadas. Una conferencia de donantes, tampoco. Un compromiso costoso del capital organizado, sí.

Esa es la paradoja, y hay que decirla sin rodeos: el actor al que más cómodamente se acusa es también el único estructuralmente capaz de iniciar la salida. No porque sea mejor que los demás (la hipótesis haría sonreír), sino porque es el único que reúne el número reducido, el interés a largo plazo y el poder de la señal.

LA LÍNEA DE FRACTURA QUE IMPORTA

Aquí se alza una objeción seria, y la honestidad obliga a darle todo su lugar. El sector privado haitiano no existe. Existen sectores privados, en plural, y la frontera entre ellos es quizá la línea de fractura más importante del país, más profunda que la que separa a las élites de las masas.

Hay un capital que padece el desorden: el que produce, transforma, emplea, exporta cuando todavía puede, y para el que cada carretera cortada, cada contenedor sometido a extorsión, cada directivo secuestrado es una pérdida neta. Y hay un capital que necesita el desorden: aquel cuyos márgenes solo existen gracias a la ausencia de control, y cuya posición está protegida no por la ley, sino por su ausencia. Para el primero, el círculo es una prisión. Para el segundo, es un negocio.

Decir que el vuelco debe empezar por el sector privado es, por tanto, decir algo más preciso y más conflictivo: debe empezar por una escisión asumida dentro del capital. El momento en que la fracción que produce deja de encubrir a la fracción que extrae, ya sea por espíritu de cuerpo, por costumbre o por miedo. Mientras esos dos capitalismos hablen con una sola voz en las cámaras de comercio y callen con un solo silencio ante las depredaciones, la señal sigue interferida y el círculo aguanta. El día en que se desmarquen públicamente el uno del otro, empezará algo irreversible.

Ese día tiene un costo, y sería deshonesto minimizarlo. Moverse primero expone. A represalias administrativas, y a represalias a secas. Por eso la salida no puede ser un gesto individual. Tiene que ser un pacto, simultáneo, verificable, sellado dentro de ese número reducido. Exactamente el tipo de compromiso que solo puede permitirse un grupo pequeño con relaciones duraderas. El razonamiento se cierra sobre sí mismo.

NI DE UN SOLO LUGAR, NI DE NINGUNA PARTE

¿Hay que renunciar entonces a señalar con el dedo? No del todo, pero hay que señalar de otro modo. Señalar posiciones, no personas. Negocios, no apellidos. El juicio a los individuos alimenta la máquina de la indignación, que es también, no nos engañemos, una máquina de distracción: cada escándalo con nombre propio consume la energía pública que exigiría la crítica del sistema. Al sistema le encanta que se juzgue a sus agentes. Así se ahorra ser juzgado él mismo.

¿Y puede el vuelco venir de un solo lugar? No. Un círculo de manos apretadas no se abre porque una sola mano suelte: se cierra sobre ella. Pero que no pueda venir de un solo lugar no significa que pueda empezar en todas partes a la vez. Toda cascada tiene una primera ficha de dominó, y elegirla no es una cuestión de justicia, sino de mecánica. La primera ficha es la que tiene más margen para moverse y más que ganar con la caída de las demás.

No me hago ninguna ilusión sobre la acogida de este argumento. Disgustará a la izquierda porque parece absolver al capital de sus culpas históricas, cosa que no hace: las registra y las supera, porque las culpas no son un programa. Disgustará a la derecha porque asigna al capital una responsabilidad que este preferiría seguir trasladando al Estado, a las pandillas, a la comunidad internacional, a cualquiera con tal de que esté en otra parte.

Pero la historia económica conoce pocos países que hayan salido del atolladero de otro modo que por ese momento preciso: el día en que una parte suficiente de los poseedores de capital concluyó que la protección de la ley valía más que la protección contra la ley. Ese cálculo no es moral. Es un cálculo contable. Y quizá sea la única buena noticia de toda esta columna: no necesitamos esperar una conversión de los corazones, que nunca llega. Necesitamos que una suma suficiente de intereses bien calculados concluya que el desorden cuesta ya más de lo que rinde.

*

A Haití lo tienen sujeto. Pero un agarre cansa tanto a quien lo mantiene como a quien lo sufre. La pregunta de esta época no es quién apretará el puño con más fuerza. Es qué mano, echando bien las cuentas, comprenderá primero que le conviene abrirse.

Réginald Surin, economista

L’Anatomie de la Fracture

Un ensayo en preparación. Una carta ocasional para seguir su avance y saber cuándo se publica.

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