Cuando la atención se convierte en moneda de cambio: las pandillas haitianas y la nueva economía del control territorial
Publicado en Le Nouvelliste el 10 de octubre de 2025. Leer en lenouvelliste.com ↗
Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés
En febrero de 2024, el G9 y el Gpèp, rivales durante mucho tiempo, se fusionan. La columna describe el vuelco que esa alianza provoca en la economía política haitiana: la atención pública se convierte en un recurso, y el control territorial en una moneda de cambio.
En febrero de 2024 se produce un vuelco silencioso en la economía política haitiana. Las dos grandes federaciones criminales de Puerto Príncipe, rivales durante mucho tiempo, se fusionan. El G9 y el Gpèp, antes separados por luchas sangrientas, se agrupan bajo un nombre cargado de simbolismo: Viv Ansanm («vivir juntos» en criollo). En pocos meses, esa coalición consolida su control sobre cerca del 90 % de la capital, según las estimaciones de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime. Pero más allá de la expansión territorial, lo que intriga a los observadores es la creciente sofisticación económica de esa dominación. El poder ya no se ejerce en ella solo por la fuerza: ahora se organiza a través de un sistema de información, de visibilidad y de control de la atención que redefine la naturaleza misma de la economía criminal.
Jimmy Chérizier, alias Barbecue, ya no es simplemente un señor de la guerra. Se ha convertido en una figura mediática. Sus intervenciones filmadas, sus discursos transmitidos en directo por TikTok o Facebook, sus mensajes reenviados por WhatsApp le confieren una omnipresencia digital que desborda el marco del terror. Cada aparición, cada amenaza pública, cada imagen viral contribuye a construir un poder simbólico: el de un hombre al que ya no se puede ignorar, al que se teme pero al que también se reconoce. Es ese reconocimiento, o más bien esa visibilidad, lo que le da una legitimidad funcional. Y detrás de esa legitimidad se esconde un mecanismo económico de una eficacia temible: transformar la atención colectiva en renta territorial.
Una economía del miedo informado
La Global Initiative estima que los ingresos generados por la extorsión en el sector del transporte de contenedores alcanzan entre 60 y 75 millones de dólares al año. Pero esa cifra no es más que la punta de un iceberg económico. Si se extrapola a las demás formas de extracción (extorsión a comerciantes, «impuestos» en los mercados, derechos de paso, cobros al transporte público), los flujos totales podrían acercarse a mil millones de dólares al año, es decir, entre el 5 y el 8 % del PIB informal haitiano, estimado en el 60 % de una economía nacional de unos 30 mil millones de USD según los últimos datos del Banco Mundial y del FMI.
Esos ingresos circulan a través de una arquitectura económica singular: la economía del miedo informado. Lejos de limitarse a la coerción física, se basa en la difusión masiva de informaciones, señales e imágenes que orientan los comportamientos antes incluso de que se produzca la violencia. Los mensajes de amenaza, los videos de ejecuciones, las demostraciones de fuerza difundidas en las redes sociales actúan como instrumentos de coordinación: informan a la población sobre «quién controla qué», «cuánto hay que pagar», «qué itinerario evitar». Dicho de otro modo, el terror se convierte en un mensaje, y el mensaje en un mecanismo de regulación económica.
Herbert Simon y la escasez cognitiva
Para entender esta mutación, hay que remontarse a una intuición formulada hace más de medio siglo por el economista Herbert Simon. En 1971, en Designing Organizations for an Information-Rich World, escribía: «Una profusión de información crea una escasez de atención». En un mundo saturado de mensajes, el recurso escaso ya no es la información, sino la capacidad de procesarla. Quien logra captar y orientar la atención colectiva posee, por tanto, un poder económico superior al de quien simplemente posee las armas o las riquezas materiales.
Haití ilustra esa inversión de manera brutal. El país cuenta con unos 2.6 millones de usuarios de redes sociales, de los cuales el 72 % concentra su actividad en Facebook, y el 86 % accede a internet desde el teléfono móvil (DataReportal 2024). Esta configuración crea un cuello de botella atencional: un pequeño número de plataformas concentra casi toda la visibilidad pública. En este contexto, dominar el espacio digital es dominar el campo de percepción colectivo y, por tanto, influir en los comportamientos económicos, políticos y sociales.
Viv Ansanm, sin teorizar el modelo, ha comprendido intuitivamente lo que a las grandes empresas digitales les llevó décadas formalizar: la atención es una moneda. Facebook la convierte en ingresos publicitarios; las pandillas la transforman en capital simbólico y luego en rentabilidad coercitiva. Su «business model» se basa en una ecuación sencilla: cuanto más aumenta la visibilidad del miedo, más disminuyen los costos de la coacción física.
Bourdieu, o la mecánica invisible del poder reconocido
Pierre Bourdieu, en La distinción (1979) y Razones prácticas (1994), describía el capital simbólico como una forma de poder basada en el reconocimiento colectivo. Ese poder no necesita ser justo, y menos aún moral: funciona mientras sea reconocido como legítimo en las percepciones sociales. Cuando un médico o un juez habla, su autoridad no se deriva únicamente de sus competencias: se acepta porque está inscrita en un sistema de creencias colectivas. El paciente no verifica los diplomas, el ciudadano no vuelve a juzgar cada decisión: la confianza está institucionalizada. Bourdieu lo llama desconocimiento: el momento en que los mecanismos de producción del poder se borran tras la evidencia del poder mismo.
Trasladada al contexto haitiano, esa lógica ilumina el fenómeno Chérizier. Cada transmisión en directo por TikTok, cada discurso compartido miles de veces construye, interacción tras interacción, un capital simbólico de dominación. «Chérizier controla Cité Soleil» se convierte en un hecho social reconocido, asumido por los habitantes, los comerciantes, los conductores, las instituciones humanitarias. Ese reconocimiento, aunque se base en el miedo, confiere una autoridad que ya no necesita reafirmarse constantemente. Ahorra los costos de legitimación: ya no hace falta imponer por la fuerza lo que la sociedad percibe ya como realidad.
Es esa percepción compartida la que hace eficaz la dominación económica. La autoridad simbólica, convertida en obediencia anticipada, produce un rendimiento medible: menos revueltas, menos resistencia, más previsibilidad en los flujos de dinero y de mercancías.
La reducción de los costos de transacción: cuando el miedo se convierte en infraestructura
La economía clásica nos enseña, desde Ronald Coase (1937), que toda actividad productiva genera costos de transacción: búsqueda de información, negociación, vigilancia, ejecución. La extorsión no escapa a esa regla. Ahora bien, la dominación informacional reduce radicalmente esos costos.
Primero, la identificación: los propios comerciantes anuncian por WhatsApp la llegada de sus mercancías, los transportistas publican sus trayectos en Facebook. La información económica circula libremente; a las pandillas les basta con observarla. Después, la comunicación: las amenazas, antes transmitidas por mensajeros de carne y hueso, se propagan ahora mediante mensajes de voz o videos virales. Según el Washington Post (2022), «los mensajes de las pandillas aparecen primero en WhatsApp antes de difundirse en otras plataformas», lo que crea una visibilidad casi instantánea de las sanciones potenciales. Por último, la vigilancia: los contenidos violentos difundidos en línea sirven de señales creíbles. Como en la teoría de las señales de Michael Spence, el elevado costo de producción de esos videos (exposición mediática, riesgo de rastreo) garantiza su credibilidad. El miedo se autoalimenta: la señal sustituye al acto.
Ese mecanismo confiere a Viv Ansanm una eficacia temible. Una vez instalada la infraestructura informacional, el costo marginal de la extorsión disminuye: cada nuevo comerciante «extorsionado» resulta más barato de controlar. Nick Srnicek, en Platform Capitalism (2017), describe una lógica similar en las grandes plataformas digitales: el costo de añadir un usuario adicional tiende a cero. Las pandillas haitianas aplican, en otro registro, el mismo principio: una vez instalada la red de miedo, cada transacción adicional aumenta la rentabilidad del sistema.
Cifras que confirman la estructuración de un sistema
La economía de la extorsión ya no es caótica: ahora está racionalizada. La Global Initiative estima que los ingresos procedentes de la extorsión a los contenedores superan los 60 millones de dólares al año, mientras que el Ministerio de Finanzas haitiano menciona un total de 70 millones de USD sumando todas las fuentes. Esas cifras, modestas a escala mundial, representan un maná colosal en un país cuyo PIB per cápita ronda los 2700 USD.
Esos fondos no desaparecen por completo en el consumo inmediato o la compra de armas. Los informes de la Global Initiative de 2024 y 2025 mencionan una financiarización creciente: adquisición de terrenos, inversiones en el transporte urbano, participación en comercios formales a través de testaferros. Dicho de otro modo, la economía criminal se integra progresivamente en la economía legal. Las fronteras se difuminan. El capital del miedo se convierte en capital patrimonial. Esta evolución recuerda el precedente colombiano: en la década de 1980, los cárteles de Medellín y de Cali convirtieron sus ganancias ilegales en inversiones inmobiliarias y agrícolas, y crearon estructuras económicas híbridas que siguen existiendo hoy.
Una coincidencia reveladora: visibilidad digital y expansión territorial
Entre octubre de 2024 y junio de 2025, la correlación entre intensificación digital y expansión territorial es llamativa. El Haitian Times documenta un aumento espectacular de las transmisiones en directo de Chérizier y de sus aliados en TikTok, mientras las Naciones Unidas contabilizan 1018 muertos y 239 000 desplazados en los departamentos del Artibonite y del Centro, nuevos bastiones de Viv Ansanm. Los videos de amenazas y de ejecuciones, ampliamente difundidos, suelen preceder a los ataques físicos. El terreno lo prepara el miedo: las poblaciones huyen antes incluso de que lleguen los combatientes. El efecto de «terror anticipado» se convierte en un instrumento de expansión de bajo costo.
Pierre Espérance, director de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH), lo resume así: «Han entendido el poder de los medios; lo utilizan para infundir miedo y reclutar». La frase ilumina la dimensión estratégica del fenómeno. Lo digital ya no sirve solo para intimidar, sino para racionalizar la conquista.
Los costos invisibles: desintegración del capital social
Si las ganancias son evidentes para los grupos armados, las pérdidas para la economía nacional son inmensas. Haití, ya en recesión crónica, ve cómo se disgrega su capital social, esa confianza recíproca que permite la cooperación económica. Donde reina la incertidumbre, los intercambios se desploman. Las empresas reducen su plantilla, los bancos dejan de prestar en las zonas de riesgo, las cadenas de suministro se fragmentan. Los estudios sobre El Salvador muestran que la presencia de pandillas puede reducir la productividad local entre un 15 y un 20 %. En Haití, donde el 90 % del empleo pertenece al sector informal, las consecuencias son aún más graves: hundimiento de las pequeñas empresas, contracción del consumo, éxodo de competencias.
Los 1.3 millones de desplazados internos contabilizados por la ONU no solo representan una tragedia humana, sino también una fuga de capital humano. Barrios enteros se vacían de su mano de obra calificada; las redes de proximidad, esencia misma de la economía informal, se desintegran. La pérdida es acumulativa: cada desplazamiento conlleva la desaparición de un microecosistema productivo.
La fragmentación del territorio: de la economía nacional a los archipiélagos locales
A medida que las zonas de control se estabilizan, la economía haitiana se reconfigura como un mosaico. Los transportistas deben negociar en cada puesto de control, cada tramo de carretera se convierte en una frontera económica, cada pandilla fija su tarifa de «peaje». Llevar un contenedor de Varreux a la llanura de Cul-de-Sac supone a veces hasta siete pagos sucesivos. Los costos logísticos se disparan y los precios al consumidor los siguen. Esta fragmentación recuerda las economías de guerra de África central o del Líbano en la década de 1980: microterritorios interconectados por flujos irregulares, sin coordinación central.
Esa fragmentación va acompañada de un fenómeno inédito: la visibilidad como factor de estabilización. Cuanto más visible es un grupo, más reconocido es y más se acepta su «soberanía» local. El efecto de red opera en el miedo como en las finanzas: la notoriedad refuerza la credibilidad. Dicho de otro modo, la dominación digital crea externalidades de red negativas: cuanto más controla un actor la visibilidad, más arriesgado resulta ignorarlo. La violencia ya ni siquiera necesita ser cotidiana; su imagen basta para regular el orden.
Una economía política del miedo
Lo que revela el caso haitiano desborda sus fronteras. Es un espejo deformante de la globalización digital: una economía en la que la atención se convierte en la materia prima de la dominación. Las lógicas que operan en los barrios marginales de Puerto Príncipe no son tan distintas de las de los gigantes digitales: captación de la atención, conversión en poder, monetización de la visibilidad. La diferencia está en la finalidad: Facebook vende espacios publicitarios; Viv Ansanm vende la supervivencia.
Esta analogía, lejos de ser una provocación, subraya la naturaleza sistémica del fenómeno. La frontera entre economía legal e ilegal se desdibuja, no por azar sino por estructura. Ambas obedecen a la misma racionalidad: maximizar la visibilidad, reducir los costos de transacción, controlar la percepción de lo real. Donde el Estado falla, la red se convierte en institución. La viralidad sustituye a la ley.
En este contexto, las políticas públicas centradas exclusivamente en la seguridad resultan inadecuadas. No se puede combatir una economía de la atención solo con la fuerza militar. Hay que reconquistar el espacio cognitivo: producir narrativas rivales, restaurar la credibilidad de la información pública, reconstruir circuitos de confianza económica. Dicho de otro modo, la reconquista del territorio debe empezar por la reconquista de la mirada.
El reto de una reconstrucción cognitiva
Reconstruir Haití no significará solo rehacer sus carreteras o sus instituciones: habrá que reaprender a organizar la visibilidad. Los Estados débiles del siglo XXI no solo son desafiados en el terreno militar o financiero; lo son en el terreno de la atención. Quien controla los flujos de percepción controla la coordinación económica. En el caso haitiano, las redes sociales (WhatsApp, TikTok, Facebook) se han convertido en espacios de gobernanza paralela, donde la ley se escribe en tiempo real, en imágenes y en emociones.
El Estado deberá, por tanto, reinventar sus herramientas: crear canales digitales de confianza; ofrecer una información económica y de seguridad fiable; invertir en educación mediática y en ciberresiliencia. De lo contrario, seguirá siendo invisible allí donde ahora se libra la batalla del poder: en la pantalla del teléfono.
De Puerto Príncipe al mundo
La historia que cuenta Haití no es la de un derrumbe aislado. Es la de un deslizamiento global: de la soberanía territorial a la soberanía informacional. En las zonas donde el Estado retrocede, el miedo se convierte en una economía; en aquellas donde persiste, la atención se convierte en un mercado. Esas dos lógicas no son más que las caras opuestas de una misma revolución cognitiva.
Al observar a Viv Ansanm, no se contempla solo una tragedia haitiana. Se ve surgir una forma primitiva del capitalismo atencional aplicado a la gobernanza ilegal: una economía en la que la visibilidad es a la vez poder, mercancía e instrumento de regulación. Si esta hipótesis se confirma, obliga a repensar las políticas de desarrollo, de seguridad y de comunicación: ya no hay economía sin economía de la atención.
Haití, en su dolor, nos muestra quizá el rostro más crudo del mundo que viene: un mundo en el que la dominación ya no se impone solo por la fuerza o la riqueza, sino por la capacidad de captar, orientar y monetizar las miradas.