Los vendedores ambulantes no desobedecen: obedecen a Hotelling, Salop y Krugman
Publicado en Le Nouvelliste el 2 de marzo de 2026. Leer en lenouvelliste.com ↗
Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés
Bastan tres modelos clásicos de localización para explicar por qué los vendedores ambulantes vuelven siempre al mismo lugar. Los desalojos urbanos fracasan con regularidad porque la emprenden contra personas cuando lo que habría que deshacer es un equilibrio.
Desde hace tres o cuatro semanas, las operaciones de desalojo de vendedores ambulantes se han reanudado con renovada intensidad en Delmas y en Pétion-Ville. Este artículo muestra, con tres modelos económicos consolidados a lo largo de un siglo, que esas operaciones fracasarán como han fracasado siempre. No por falta de voluntad política, sino porque no atacan ninguna de las causas reales del fenómeno. Propone después cinco medidas que, estas sí, actuarían sobre los parámetros correctos.
Lo que todos ven, y lo que nadie explica
Desde hace tres o cuatro semanas circulan las imágenes. En Delmas 19, en Delmas 31 y en los alrededores de los mercados y del antiguo cementerio de Pétion-Ville, agentes municipales retiran los puestos. Se decomisa el material. Las declaraciones oficiales se suceden. Las aceras se vacían unas horas, a veces unos días.
Luego los vendedores vuelven.
No es ninguna sorpresa para quien siga la situación desde hace algunos años. Este ciclo se repite desde hace décadas, con una regularidad perfecta. Las autoridades intervienen. Los vendedores se van. Los vendedores vuelven. Vuelta a empezar. Se presentan los mercados oficiales como la solución. Nadie se instala en ellos de forma duradera. Y vuelta a empezar.
La pregunta que plantea este artículo es sencilla: ¿por qué? ¿Por qué los desalojos fracasan sistemáticamente, sin excepción, desde hace tanto tiempo? La respuesta habitual invoca la falta de severidad, la falta de medios o la resistencia cultural al orden. Esa respuesta es falsa. Lo que ocurre en esas aceras obedece a leyes económicas que la ciencia dejó establecidas hace casi un siglo. Son leyes precisas, verificables, y predicen exactamente lo que se observa: el fracaso inevitable de toda política que ataca los síntomas sin tocar las causas.
Antes de entrar en los modelos, la honestidad intelectual obliga a una precisión. La literatura económica haitiana ha empezado a documentar este fenómeno. Lamaute-Brisson (2002) le dedicó el primer análisis riguroso en el área metropolitana. Aspilaire (2014, 2017) cifró el peso del sector informal en cerca del 57 % del PIB haitiano en 2007, una proporción que no ha hecho más que aumentar desde entonces. Jean-Gilles y Paul (2023) mostraron cómo la crisis de seguridad redistribuyó estas actividades en el espacio urbano sin reducirlas. Estos trabajos establecen la magnitud del fenómeno. El análisis que sigue intenta exponer su mecánica interna de manera accesible.
Un equilibrio no se desaloja. Se reconfigura, o se padece.
Tres leyes económicas que los decisores ignoran
Hay tres modelos económicos que, puestos uno tras otro, explican todo lo que se observa en esas aceras. Los escribieron, entre 1929 y 1991, economistas que no pensaban en Haití, para problemas en apariencia muy distintos. Pero sus conclusiones se aplican aquí con una precisión que debería dar que pensar a cualquiera que diseñe una política de gestión del espacio público.
Cada uno de estos tres modelos responde a una pregunta distinta. ¿Por qué los vendedores acaban siempre en los mismos lugares, en vez de dispersarse? ¿Por qué son siempre demasiados, incluso cuando sus ingresos son miserables? ¿Y por qué vuelven invariablemente, sea cual sea la fuerza empleada para desalojarlos? Tres preguntas, tres respuestas, una conclusión común.
Primera ley: los vendedores van adonde están los clientes (Hotelling, 1929)
He aquí una escena que todo el mundo conoce. Usted pasa por el cruce de Delmas 32. Hay quince vendedores. Pasa por el cruce de Delmas 19. Hay veinte. Se aleja de esos ejes y encuentra muchos menos. ¿Por qué esa concentración? ¿Por qué esos vendedores no se reparten por todo el barrio para no hacerse la competencia entre ellos? Sería lógico, ¿no? Menos competidores alrededor, más clientes potenciales.
Precisamente esa intuición es la que un economista estadounidense, Harold Hotelling, refutó en 1929. Su razonamiento es el siguiente. Un cliente que quiere comprar algo no elige a su vendedor solo por el precio. Elige en función del costo total: el precio de la mercancía más el costo de desplazarse hasta el vendedor. Ese costo de desplazamiento es el tiempo perdido, el dinero del transporte, a veces el riesgo. Y en Haití ese costo es particularmente alto: las vías son de difícil tránsito, el transporte es caro, la inseguridad pesa. En concreto, esto significa que el cliente haitiano compra cerca de su casa no por comodidad, sino porque hacerlo de otro modo le cuesta realmente demasiado.
Hotelling traduce este razonamiento en una fórmula. En un eje urbano (digamos, el tramo que va de Delmas 19 a Delmas 32), cada cliente elige al vendedor que minimiza su gasto total:
Lectura sencilla: el cliente situado en t elige al vendedor i cuyo precio (p) más el costo del trayecto (τ por la distancia) es el más bajo. El símbolo τ (tau) representa el costo por metro recorrido. Cuanto más alto es ese costo, más prefiere el cliente al vendedor más cercano, aunque sea un poco más caro.
La conclusión de Hotelling es contraintuitiva, pero está rigurosamente demostrada: en esas condiciones, los vendedores no se dispersan. Se acercan unos a otros. Convergen hacia el punto donde hay más clientes. No porque se hayan puesto de acuerdo, no porque sigan una moda, sino porque todo vendedor que se aparta de ese punto pierde de inmediato clientes en favor del que se queda. Si el vendedor A se desplaza hacia la izquierda, el vendedor B capta a todos los clientes situados a la derecha de A. A no tiene, por tanto, ninguna razón racional para moverse.
Por eso el vendedor instalado frente a la escuela de Delmas 19, en el cruce de Delmas 31 o en el cruce del aeropuerto no eligió ese lugar por capricho ni por desafío a la autoridad. Encontró el lugar por donde pasan los clientes. Expulsarlo es obligarlo a dejar ese lugar. Pero el lugar, en cambio, no se mueve. Los clientes siguen pasando por allí. Entonces el vendedor vuelve, u otro ocupa su sitio. El desalojo no ha cambiado el hecho de que es allí donde la gente compra.
Esto explica también por qué los mercados oficiales, aun bien construidos, no atraen a los vendedores ambulantes. El problema no es su calidad ni su afluencia. El problema es su ubicación. Se construyeron donde había un terreno disponible, no por donde pasa la gente. Un vendedor que se instala en ellos renuncia voluntariamente a su clientela. Ningún ser racional hace eso.
Segunda ley: cuando la entrada es libre, siempre hay demasiada gente (Salop, 1979)
Hotelling explica dónde se instalan los vendedores. La segunda pregunta es la del número. ¿Por qué son tantos en esas aceras? ¿Por qué un lugar ya saturado atrae a otros nuevos? ¿Y por qué, pese a esa saturación, los ingresos siguen siendo tan bajos como si nadie se ganara realmente la vida? El economista Steven Salop respondió a estas preguntas en 1979.
Su explicación cabe en unos pocos pasos sencillos. Imagine un cruce concurrido al que llega el primer vendedor. Vende bien, gana dinero. Un segundo lo ve y se instala. También gana, un poco menos que el primero, puesto que se reparten la clientela, pero gana. Llega un tercero. Luego un cuarto. Cada recién llegado reduce mecánicamente la parte de la clientela de todos los que estaban allí antes que él. Este proceso solo se detiene cuando ya no queda nada que ganar, es decir, cuando los ingresos apenas cubren los costos. Es el nivel de subsistencia. En este contexto, el beneficio de cada vendedor se escribe:
Lectura: el beneficio (π) de cada vendedor es igual a su margen (precio p menos costo c) dividido por el número de vendedores n, menos su inversión inicial F (mercancía, material). Cuando n aumenta, la parte de cada uno disminuye. La entrada de nuevos vendedores se detiene cuando el beneficio cae a cero: ya no queda nada que ganar.
Esta fórmula dice algo que rara vez se oye en el debate público haitiano. Los vendedores ambulantes no son pobres porque sean perezosos ni porque hagan mal su trabajo. Son pobres porque la estructura misma del mercado, en el que cualquiera puede instalarse sin ningún trámite, los condena a repartirse una clientela que no puede crecer indefinidamente. Aspilaire (2014) confirmó empíricamente este resultado para Haití: sea cual sea el tiempo pasado en el sector informal, los ingresos convergen hacia el mínimo de subsistencia.
En Haití, la situación es extrema porque la barrera de entrada es nula. No existe un registro mercantil que se aplique de verdad, ni una patente efectiva, ni un capital mínimo exigido. Cualquiera puede instalarse en cualquier momento. En el lenguaje del modelo, la inversión inicial F es cercana a cero. El número de vendedores en equilibrio pasa a ser entonces:
Lectura: cuando F tiende a cero (entrada sin barreras), el número de equilibrio se vuelve muy grande. Cuando τ es alto (los clientes no se desplazan), es todavía mayor. Ambas condiciones se dan en Haití. Esta expresión es indicativa y se deriva de la condición de beneficio nulo con libre entrada.
El hallazgo más importante de Salop no está en la fórmula misma. Está en lo que demuestra a continuación: el número de vendedores al que se llega en equilibrio es exactamente el doble del que convendría a todos, vendedores y compradores en conjunto. Un planificador que quisiera maximizar el bienestar colectivo elegiría la mitad. La libertad de entrada produce espontáneamente el doble de vendedores de lo que conviene, y cada uno gana la mitad de lo que podría ganar. No es una particularidad haitiana. Es una ley general.
Consecuencia directa para los desalojos: eliminan vendedores, pero no modifican las condiciones de entrada al mercado. F sigue en cero. La demanda sigue concentrada en el mismo cruce. El equilibrio no ha cambiado. En cuanto cesa la presión, nuevos entrantes llenan exactamente el hueco que quedó. La acera recupera la misma densidad de antes, a veces con las mismas personas, a veces con otras.
Tercera ley: cuanto más activo es un lugar, más actividad atrae (Krugman, 1991)
Las dos primeras leyes dicen dónde se instalan los vendedores y por qué son demasiados. La tercera explica algo que incluso a un observador atento le resulta desconcertante: ¿por qué estas configuraciones son tan sólidas, hasta el punto de reconstituirse por completo tras operaciones intensas y repetidas? ¿Por qué la crisis de seguridad no redujo el sector informal, sino que se limitó a desplazar sus puntos de concentración hacia otros ejes? Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, dio la respuesta en 1991.
Su observación de partida es la siguiente: en la economía, las actividades tienden a concentrarse en determinados puntos del espacio, y esa concentración se refuerza por sí sola con el paso del tiempo. ¿Por qué? Porque un lugar concurrido ofrece ventajas que un lugar vacío no puede ofrecer. Un cruce donde trabajan veinte vendedores es un lugar donde los precios se conocen, donde los mayoristas entregan directamente, donde los clientes tienen la costumbre de ir, donde los vendedores se conceden créditos mutuos a través del sòl (un sistema de ahorro rotativo). Un cruce vacío no tiene nada de eso. Cada vendedor adicional que se instala en un lugar concurrido lo vuelve aún más atractivo para los siguientes. Es lo que los economistas llaman un círculo virtuoso o, más exactamente, un equilibrio que se refuerza a sí mismo.
Krugman mide el atractivo relativo de dos zonas (la acera concurrida frente al mercado oficial, por ejemplo) con el siguiente índice:
Lectura: ω compara dos zonas, la zona central (c) y la zona alternativa (p). Y mide el nivel de ingreso disponible en cada zona, es decir, los clientes que compran. φ mide la accesibilidad comercial: los proveedores, las costumbres, las redes. σ mide la facilidad con la que un cliente puede pasar de un vendedor a otro. Cuando ω supera 1, gana la zona central. Y cuanto más gana, más atrae, y más crece su ventaja.
Lo que capta esta fórmula es crucial para entender el fracaso de los desalojos. Una operación de desalojo altera momentáneamente el equilibrio de un cruce. Pero no cambia nada de los parámetros que hacen atractivo ese cruce: los clientes siguen pasando por allí, los mayoristas siguen entregando allí, los hábitos de compra no cambian en un día. En cuanto la presión afloja, todas esas fuerzas vuelven a imponerse y la configuración se reconstituye.
Jean-Gilles y Paul (2023) observaron este mecanismo directamente sobre el terreno haitiano. La crisis de seguridad de los últimos años no redujo el sector informal. Redistribuyó su geografía: allí donde un eje se volvía peligroso, los vendedores se trasladaban a otro en el que las fuerzas centrípetas podían volver a actuar. El equilibrio se movió. No se disolvió.
El mismo mecanismo explica por qué a los mercados oficiales les cuesta atraer a los vendedores ambulantes, incluso cuando tienen una afluencia de compradores relativamente buena. Su índice ω es inferior al de las aceras concurridas, porque están situados fuera de los ejes de máximo flujo y no se benefician de las redes de crédito y de información que se han ido formando con el tiempo en los grandes cruces. Para que un mercado oficial resulte realmente atractivo para los vendedores, su ω tendría que superar al de las aceras con las que compite. Eso no ocurre por decreto.
La represión desplaza un equilibrio. No lo disuelve. Solo un cambio en las condiciones de fondo puede lograrlo.
Lo que cuesta realmente cada desalojo
Las tres leyes económicas que acabamos de ver explican por qué los desalojos no funcionan. Hay que ir más lejos y evaluar lo que destruyen, en concreto, en los hogares afectados.
Para la inmensa mayoría de los vendedores ambulantes haitianos, este comercio no es un ingreso complementario. Es el ingreso. La OIT (2020) estima que más del 80 % del empleo no agrícola en Haití corresponde al sector informal. Para la mayoría de estas personas no hay ningún empleador formal esperándolas si se les quita su acera. En términos económicos, la restricción a la que está sujeto su hogar se escribe:
Lectura: lo que el hogar puede gastar, el precio de los bienes multiplicado por las cantidades consumidas, se financia con dos fuentes: un salario alternativo w, si existe, y el beneficio del comercio callejero. En Haití, para la mayoría de los vendedores ambulantes, w es cercano a cero. Si el beneficio de la calle desaparece, desaparece todo.
Un desalojo no reduce este presupuesto de manera gradual. Lo corta de golpe, sin preaviso, sin indemnización, sin alternativa. Los estudios realizados por WIEGO en diez ciudades del África subsahariana y del sur de Asia (Roever, 2014) documentan caídas inmediatas y profundas del ingreso de los hogares en el período que sigue a una operación de desalojo. Para Haití, esos datos longitudinales todavía no existen, una laguna que la investigación económica haitiana debería colmar de forma prioritaria.
Lo que las cifras tampoco muestran es la destrucción de las redes informales que permiten sobrevivir a estos hogares. Los vendedores no son individuos aislados. Se prestan dinero a través del sòl. Se informan unos a otros de los precios que aplican los mayoristas de Croix-des-Bouquets. Se avalan entre sí pequeños créditos cruzados para capear las malas semanas. Romper un mercado callejero es romper esa red, cuya reconstitución exige un tiempo y unos recursos que los hogares más vulnerables no suelen tener.
A escala nacional, el panorama es más complejo. Este sector desempeña un papel profundamente ambiguo, como muestra el cuadro siguiente:
| Dimensión | Lo que aporta el sector | Lo que cuesta |
|---|---|---|
| Empleo | Única red de seguridad real para cientos de miles de hogares sin alternativa formal | Ingresos condenados al nivel de subsistencia por la propia lógica del mercado (Aspilaire, 2014) |
| Fiscalidad | Ningún efecto positivo identificado | Pérdida de recaudación estimada entre el 2 y el 4 % del PIB (FMI, 2023) |
| Tejido urbano | Acceso a bienes esenciales a bajo costo para los hogares pobres | Congestión, problemas sanitarios, deterioro del espacio público |
| Resiliencia | Continuidad económica durante los choques: sismos, crisis políticas, inflación | Ninguna protección legal frente a los desalojos, la violencia o las inundaciones |
| Productividad | Verdadera válvula de escape ante las fallas del mercado laboral formal | Lastra la productividad nacional a largo plazo (Loayza y Rigolini, 2011) |
Lo que aporta el sector informal y lo que cuesta, en cinco dimensiones. Fuentes: Aspilaire (2014), FMI (2023), Loayza y Rigolini (2011).
Loayza y Rigolini (2011) formalizaron esta paradoja: el sector informal es a la vez la mejor red de seguridad de que disponen los hogares pobres y un freno duradero al crecimiento de la productividad nacional. El FMI (2023) cifra el costo a largo plazo de esta informalidad no regulada entre 1.5 y 2.5 puntos del PIB al año. La respuesta no consiste, pues, en eliminar este sector, lo que equivaldría a suprimir el único amortiguador con que cuentan cientos de miles de familias, sino en crear las condiciones de una transición progresiva hacia formas de actividad más productivas.
Lo que otros países hicieron en su lugar
Varios países se enfrentaron a la misma situación y encontraron respuestas que, estas sí, actuaban sobre los parámetros correctos. Estos ejemplos no son recetas para copiar, sino ilustraciones de lo que produce en la práctica una política que parte del diagnóstico correcto.
La Singapur de 1968 se parece al Puerto Príncipe de hoy: decenas de miles de vendedores ambulantes, libre entrada al mercado, ingresos de subsistencia, conflictos permanentes con las autoridades. En lugar de redoblar la represión, el Gobierno construyó 113 Hawker Centres, espacios cubiertos situados allí donde la demanda era máxima, según la lógica de Hotelling, con un alquiler asequible, aunque no gratuito. Ese alquiler introdujo una barrera de entrada (en el modelo de Salop, F pasaba a ser positivo), lo que hizo bajar mecánicamente el número de vendedores hacia el óptimo social, sin un solo desalojo. Un título de concesión por tres años, renovable, sustituyó la precariedad por un activo formalizable. Hoy estos espacios están inscritos en el patrimonio inmaterial de la UNESCO.
Accra ensayó entre 2008 y 2015 un enfoque aún más sencillo: un número de identificación expedido en un día, sin exigencias fiscales inmediatas, que daba acceso a un puesto legal señalizado en el suelo. El resultado, documentado por Lindell y Appelblad (2009): una reducción del 40 % de los conflictos entre vendedores y autoridades, un aumento del 25 % de los ingresos de los vendedores registrados gracias a un acceso más fácil al microcrédito, y la aparición de una fiscalidad local allí donde no existía ninguna. El registro mínimo hace visible un activo que era invisible, lo que abre el acceso al crédito formal.
Ciudad de México instituyó una negociación formalizada entre las asociaciones de comerciantes y el gobierno municipal sobre las zonas, los horarios y las condiciones sanitarias. Es la idea que teorizó Elinor Ostrom (premio Nobel 2009): las reglas elaboradas por quienes usan un espacio se cumplen; las impuestas desde fuera se eluden. Bogotá, con Antanas Mockus (de 1995 a 2003), añadió una dimensión: transformar el espacio público exige legitimidad, no solo fuerza.
Los comerciantes haitianos no se resisten a las reglas por anarquismo. Se resisten porque nunca se ha cumplido ninguna promesa de una alternativa creíble.
Cinco medidas que actuarían sobre las causas reales
Estas son cinco medidas que se desprenden directamente de los tres modelos. Cada una modifica un parámetro preciso que los desalojos dejan intacto. Ninguna exige recursos considerables. Todas exigen entender el problema antes de intervenir.
1. Cartografiar la demanda antes de construir nada
La lógica de Hotelling es clara: los vendedores solo usarán un mercado oficial si está situado allí por donde pasan los clientes, no donde haya un terreno disponible. Ninguna alcaldía haitiana dispone hoy de un mapa detallado de los flujos peatonales. Una encuesta realizada por el Instituto Haitiano de Estadística e Informática (IHSI) en colaboración con las alcaldías afectadas, durante 90 días en las zonas objetivo, con un costo estimado de entre 150 000 y 200 000 dólares, es el requisito previo de cualquier intervención coherente.
2. Construir mercados cubiertos en los lugares adecuados
Siguiendo el modelo singapurense: estructuras ligeras, cubiertas, con agua y sanitarios, situadas en los puntos de concentración de la demanda que haya identificado la encuesta. Con un alquiler que cree la barrera de entrada necesaria para que el número de vendedores converja hacia el óptimo social. La regla indicativa del modelo de Salop da el orden de magnitud de ese alquiler:
Lectura: el alquiler óptimo crece con el costo de desplazamiento y decrece con el cuadrado del número de vendedores deseado. La calibración precisa requiere los datos de la encuesta de flujos peatonales.
3. Un carné de comerciante en un día
Un título de ocupación formal, con foto y número único, expedido a un costo simbólico, que confiera tres derechos: protección contra el desalojo arbitrario, acceso al microcrédito y acceso a la formación sanitaria. Este título convierte un activo invisible en un activo reconocido. Introduce una barrera de entrada mínima (F pasa a ser positivo), lo que reduce de forma orgánica la sobredensidad de las aceras sin que haga falta ninguna operación policial.
4. Comités de calle reconocidos legalmente
Comités que reúnan a vendedores, vecinos y un representante municipal, encargados de negociar juntos los horarios, el ancho del paso para peatones, la gestión de los residuos y la rotación de los puestos. La lección de Ostrom se ha comprobado en decenas de países: las reglas que la gente elabora por sí misma, las respeta. Las que le imponen desde fuera, las sortea. Una hora de negociación cuesta infinitamente menos que una operación de desalojo y sus secuelas.
5. Bajar el costo de la formalización por debajo del umbral que cuenta
Djankov et al. (2002) establecieron que, por encima de un costo equivalente a unas dos semanas de ingresos, nadie se formaliza: el cálculo racional empuja hacia la informalidad. En Haití, ese costo representa varios meses de ingresos para un pequeño vendedor. El objetivo es sencillo: situarlo por debajo del umbral de dos semanas, mediante una ventanilla única municipal, una reducción radical de los trámites y un período de gracia fiscal de 24 meses para los recién registrados.
Lo que confirmarán las próximas semanas
Las operaciones que se llevan a cabo desde hace algunas semanas en Delmas y en Pétion-Ville seguirán el guion que predicen los tres modelos. Las aceras se vaciarán. Luego volverán a llenarse. No es una opinión: es lo que Hotelling predice desde 1929, lo que Salop demuestra desde 1979, lo que Krugman explica desde 1991. Y es lo que Jean-Gilles y Paul (2023) confirmaron empíricamente sobre el terreno haitiano.
La cuestión no es si los vendedores volverán. Volverán. La cuestión es si, esta vez, las autoridades haitianas estarán dispuestas a reconocer que ese resultado no es un fracaso en la aplicación de la ley, sino el resultado previsible de una política que ignora las leyes de la economía. Desde hace varias décadas se repite la misma intervención, con el mismo resultado. La persistencia de esta orientación no refleja la fuerza del Estado: refleja la ausencia de un marco analítico adecuado al fenómeno.
Haití no está condenada a este ciclo. Está condenada a repetirlo mientras no decida comprender en lugar de reprimir.
Referencias
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De Soto, H. (2000). The Mystery of Capital. Basic Books.
Djankov, S., La Porta, R., Lopez-de-Silanes, F. y Shleifer, A. (2002). The Regulation of Entry. Quarterly Journal of Economics, 117(1), 1-37.
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