El salario mínimo, o el juicio equivocado
Publicado en Le Nouvelliste el 17 de abril de 2026. Leer en lenouvelliste.com ↗
Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés
Desde mayo de 2025, el informe del Consejo Superior de Salarios espera en el escritorio del Ejecutivo. Las obreras textiles, cuya escala salarial solo se ha movido una vez desde febrero de 2022, también esperan. La columna reexamina el juicio que se le hace al salario mínimo y muestra por qué no da en el blanco.
Desde mayo de 2025, el informe del Consejo Superior de Salarios reposa en el escritorio del Ejecutivo sin que ningún decreto haya venido a fijar su alcance1. Las obreras y los obreros del sector textil, que solo han visto moverse su escala una vez desde febrero de 2022, esperan. Se manifiestan de forma intermitente, a veces duramente reprimidos. Y mientras tanto, la conversación pública gira, inmutable, en torno a la misma contraposición desgastada.
Por un lado, la lectura que puede llamarse clásica: un salario mínimo fijado demasiado alto destruiría empleo y alimentaría la inflación, porque obligaría a las empresas o bien a despedir, o bien a subir sus precios para compensar sus costos. Por otro, la lectura keynesiana: sin apoyo público al poder adquisitivo de los hogares más frágiles, la demanda se desploma y arrastra consigo toda la dinámica económica. Estas dos lecturas llevan quince años devolviéndose la pelota en el debate haitiano. Y cada ciclo de movilización reproduce los mismos argumentos, los mismos enfrentamientos y el mismo desenlace: un ajuste nominal que corre detrás de una inflación ya instalada, sin alcanzarla nunca.
Esa contraposición tiene la virtud de ser clara. Tiene también el defecto de que, en buena medida, no viene al caso. Desde hace unos treinta años, la investigación económica moderna ha abandonado esa dicotomía para ocuparse de preguntas más precisas: ¿qué ocurre cuando un empleador dispone de un cuasimonopolio local sobre el trabajo y puede, por tanto, pagar por debajo de lo que debería? ¿Cuánto le cuesta a un trabajador buscar otro empleo, y cuánto tiempo debe aceptar cobrar menos de lo debido antes de poder irse? ¿Hasta qué punto puede un sector formal minoritario imponer realmente una norma salarial en una economía mayoritariamente informal? Son esas las preguntas que corresponden a la realidad haitiana, y es precisamente a ellas a las que el debate local nunca llega2.
El artículo se propone poner las cifras en su lugar. Para avanzar con método, se organiza en torno a seis preguntas sencillas. ¿Ha progresado realmente la escala del salario mínimo a lo largo de la década, o solo en apariencia? Ese aumento, en la medida en que se produjo, ¿es responsable de la inflación que todos padecen, como suele oírse? Si la respuesta es no, ¿de dónde viene entonces la inflación haitiana? ¿Por qué, en esas condiciones, el debate da vueltas en círculo desde hace quince años? ¿Qué habría que hacer concretamente, y en qué orden? Y, por último, por honestidad, ¿qué es lo que este análisis no establece y que, por tanto, no puede deducirse de él? El texto aborda estas preguntas en ese orden. Se apoya en los datos mensuales disponibles desde 2014 y en algunas pruebas econométricas que nos tomaremos el tiempo de explicar por el camino3.
1. ¿Ha progresado realmente el salario mínimo?
Para responder a esta primera pregunta hay que introducir una distinción sencilla pero decisiva. Cuando se habla de salario, este puede medirse de dos maneras. El salario nominal es la suma impresa en el recibo de pago, en gourdes corrientes. El salario real es lo que se puede comprar con esa suma una vez que se tiene en cuenta el alza de los precios. Si el salario pasa de 100 a 150 gourdes pero los precios se duplican en el mismo tiempo, el trabajador es en realidad más pobre que antes, aunque su salario nominal haya aumentado un 50 %. Todo análisis serio de un salario a lo largo del tiempo debe pasar, por tanto, por esa corrección. El debate haitiano, en cambio, habla casi siempre en gourdes corrientes, lo que produce una ilusión óptica permanente.
La historia cronológica del salario mínimo textil, es decir, el que se aplica a la maquila de exportación y que técnicamente se denomina Segmento A en la nomenclatura del Consejo Superior de Salarios, está hecha de ajustes puntuales. La llamada ley Benoît fijó en septiembre de 2009 un umbral de 200 gourdes diarias. Los ajustes siguientes se sucedieron a intervalos irregulares: 240 gourdes en abril de 2014, 350 gourdes en 2017, 420 gourdes en octubre de 2018, 500 gourdes en noviembre de 2019, 685 gourdes en febrero de 2022 y 1000 gourdes recomendadas para abril de 20254. Esta última escala aún no había sido oficializada por decreto presidencial en la fecha de las fuentes utilizadas en este artículo: el salario que se aplica efectivamente en las fábricas sigue siendo de 685 gourdes diarias. La distinción entre la escala recomendada y la escala vigente importa, y volverá a aparecer varias veces más adelante.
¿Cuánto vale esa progresión nominal una vez corregida por la inflación? El cuadro 1 reconstruye el salario real a partir de las series mensuales del índice general de precios al consumidor que publica el Instituto Haitiano de Estadística e Informática (IHSI). El método consiste en fijar por convención el salario de enero de 2014 en 200 unidades y recalcular después, mes a mes, lo que la escala vigente permite comprar con respecto a ese punto de partida. Un valor de 100 unidades significaría que el salario real se ha reducido a la mitad desde 2014. Un valor de 200 significaría que se ha mantenido constante en poder adquisitivo. Todo lo que quede entre ambos mide una pérdida.
Cuadro 1. Salario mínimo textil (Segmento A), en gourdes corrientes y en poder adquisitivo constante
| Fecha | SM nominal (HTG/día) | SM real (base 2014 = 200) | SM en USD/día | Inflación interanual (%) |
|---|---|---|---|---|
| Ene. 2014 | 200 | 200.0 | 4.4 | 3.4 |
| Abr. 2014 | 240 | 232.5 | 5.2 | 3.5 |
| Ene. 2017 | 350 | 247.1 | 5.5 | 14.1 |
| Oct. 2018 | 420 | 222.6 | 5.5 | 14.3 |
| Nov. 2019 | 500 | 216.7 | 5.3 | 20.4 |
| Ene. 2022 | 500 | 156.2 | 4.4 | 24.0 |
| Feb. 2022 | 685 | 213.2 | 6.0 | 25.2 |
| Abr. 2025 (vigente) | 685 | 86.4 | 5.2 | 27.1 |
| Abr. 2025 (recomendado) | 1000 | 126.2 | 7.6 | 27.1 |
| Dic. 2025 (vigente) | 685 | 70.1 | 5.2 | 25.0 |
| Dic. 2025 (recomendado) | 1000 | 102.3 | 7.6 | 25.0 |
Fuentes: Consejo Superior de Salarios (informes 1 a 8), IHSI (Coin de l’IPC, base 100 en 2017-2018), Banco de la República de Haití (BRH). La columna «SM real» utiliza una reconstrucción del IPC con base ene. 2014 = 100, obtenida encadenando las tasas de inflación interanual publicadas por el IHSI. La escala recomendada para abril de 2025 no había sido objeto de decreto en la fecha de redacción. Cálculos del autor.
Fuentes: IHSI, BRH, Consejo Superior de Salarios, ministerios de Trabajo nacionales. Cálculos del autor.
El resultado es inapelable. El salario real sube ligeramente tras el ajuste de 2014, alcanza su mejor nivel hacia 2017, con 247 unidades, y luego desciende de forma sostenida. En vísperas del ajuste de febrero de 2022 había caído a 156 unidades. El paso a 685 gourdes devuelve brevemente el poder adquisitivo a 213 unidades, pero esa recuperación se erosiona de inmediato por efecto de una inflación que alcanza su pico, del 48 %, en 2023. A finales de 2024, el salario real ha bajado a 87 unidades, es decir, una pérdida de poder adquisitivo del 56 % con respecto a 2014. Si se aplicara la escala recomendada de 1000 gourdes, el salario real volvería a subir temporalmente a 126 unidades en abril de 2025. Sin esa aplicación, se queda en 86 unidades. En el escenario más favorable, la erosión se reanuda en los meses siguientes y el salario real cierra 2025 en 102 unidades. La pérdida acumulada en la década alcanza el 49 % en ese escenario favorable, y el 57 % si sigue en vigor la escala efectivamente aplicada, de 685 gourdes.
Esta es la primera respuesta, la de los hechos. El salario mínimo textil se ha reducido aproximadamente a la mitad en poder adquisitivo desde 2014, pese a haberse multiplicado por cinco en gourdes corrientes. Si la erosión no salta a la vista en la conversación pública, es porque en ella las comparaciones se hacen siempre en gourdes corrientes. Pasar de 685 a 1000 gourdes parecería un avance sustancial, del 46 % en términos nominales. Pero la inflación acumulada entre febrero de 2022 y abril de 2025 ronda el 140 %, según los métodos de estimación que se adopten. La recuperación que supondría aplicar la escala recomendada solo cubriría, así, alrededor de un tercio de la pérdida. La escala de 2025, presentada por algunos comentaristas como un avance social, devolvería una fracción de un poder adquisitivo que ya no era más que una fracción del nivel de 2009. La ilusión monetaria hace aquí todo el trabajo retórico.
2. ¿Es ese aumento responsable de la inflación?
Si se acepta esa constatación, surge de inmediato la pregunta que ocupa la mayor parte del debate público: ese salario que a duras penas recupera terreno frente a la inflación, ¿no es él mismo una causa importante de esa inflación? El argumento es intuitivo. Cuando las fábricas tienen que pagar más a sus obreros, trasladan ese aumento a sus precios, que a su vez entran en la canasta de consumo de los hogares, que a su vez exigen un nuevo ajuste salarial. Es lo que se llama una espiral precios-salarios. La idea es seductora. No resiste el examen de los datos mensuales haitianos.
Para demostrarlo, recurrí a tres pruebas independientes, cada una de las cuales parte de una lógica distinta. Si la hipótesis de la espiral es cierta, las tres pruebas deberían converger para confirmarla. Pero convergen, por el contrario, en refutarla.
Primera prueba: la regresión estadística
Una regresión, en términos sencillos, es un cálculo que mide la influencia de varios factores sobre una misma variable, manteniendo constantes todos los demás factores. Para nuestra pregunta, la variable que se quiere explicar es la inflación mensual. Los factores candidatos son la depreciación del gourde frente al dólar, la variación del salario mínimo y el valor de la inflación del mes anterior (que mide la inercia, es decir, la tendencia de la inflación a prolongarse de un mes a otro).
Con 120 observaciones mensuales que cubren el período 2015-2025, la regresión concluye que la variación del salario mínimo no aporta ninguna información estadísticamente significativa para predecir la inflación una vez tenidos en cuenta los otros dos factores. La prueba conjunta sobre los coeficientes del salario mínimo, con distintos rezagos (inmediato, tres, seis y doce meses después del ajuste), arroja una probabilidad de 0.51 de que los efectos observados se deban simplemente al azar. En estadística se considera que un efecto es creíble cuando esa probabilidad cae por debajo del 5 %. Aquí estamos en el 51 %, es decir, diez veces más. En esta regresión, el salario mínimo es tan informativo como lanzar una moneda al aire.
Aquí se imponen dos precisiones técnicas. En primer lugar, la especificación elegida incluye el valor rezagado de la inflación como variable explicativa. Esa inclusión responde exactamente a la pregunta que planteamos: ¿aporta el salario mínimo información adicional más allá de la dinámica propia de los precios? Tiene como consecuencia un coeficiente de determinación muy elevado, de 0.97, que procede casi en su totalidad de la inflación pasada. En segundo lugar, son los coeficientes asociados al tipo de cambio los que sí resultan estadísticamente creíbles. La depreciación del gourde, contemporánea o rezagada, contiene efectivamente información para predecir la inflación futura.
Segunda prueba: la causalidad en el sentido de Granger
El matemático Clive Granger, premio Nobel de Economía en 2003, propuso una prueba sencilla para detectar lo que razonablemente puede llamarse una relación de causa y efecto entre dos series de cifras en el tiempo. La idea es la siguiente: si A causa B, entonces A debe preceder a B. Conocer el pasado de A debe ayudar a predecir B mejor de lo que lo haría el pasado de B por sí solo. Si esa mejora predictiva existe, se dice que A causa B en el sentido de Granger.
Aplicada a nuestras series, la prueba arroja dos resultados nítidos. La variación pasada del salario mínimo no ayuda a predecir la inflación futura. La probabilidad de que la mejora predictiva observada se deba al azar es del 49 % con un horizonte de doce meses. No hay rechazo posible. En cambio, la depreciación pasada del tipo de cambio sí ayuda a predecir la inflación futura, con una probabilidad de falso descubrimiento de solo el 5 %. El tipo de cambio supera la prueba; el salario mínimo, no.
Tercera prueba: la descomposición de la varianza
La tercera prueba es un experimento mental con cifras. Imaginemos que intentamos predecir la inflación de los próximos dos años. Esa inflación va a variar, a veces mucho, a veces menos. La pregunta es: ¿qué parte de esa variación procede de cada uno de nuestros factores? Para medirlo se estima un modelo que observa simultáneamente las tres variables (inflación, tipo de cambio, salario mínimo) y deja que se influyan mutuamente; después se descompone la varianza predictiva de la inflación entre las posibles fuentes. Los economistas llaman a este ejercicio descomposición de la varianza, y al modelo que lo produce, modelo vectorial autorregresivo, o VAR para los iniciados.
Cuadro 2. ¿De dónde procede la variación predictiva de la inflación con un horizonte de 24 meses?
| Fuente | Proporción de la varianza predictiva |
|---|---|
| Inercia propia de la inflación (autoinfluencia) | 62.5 % |
| Depreciación del tipo de cambio | 36.3 % |
| Variación del salario mínimo | 1.2 % |
Fuente: modelo VAR(2) con series mensuales 2014-2025; número de rezagos seleccionado mediante el criterio BIC. Cálculos del autor con statsmodels.
El veredicto no deja lugar a dudas. Con un horizonte de dos años, la dinámica propia de los precios se explica a sí misma en un 62.5 %. La depreciación del tipo de cambio explica el 36.3 %. El salario mínimo explica el 1.2 %. Dicho de otro modo, el tipo de cambio pesa treinta veces más que el salario en la formación de la inflación a mediano plazo. Es esa jerarquía, brutal, la que invalida definitivamente la tesis de la espiral precios-salarios como motor de la inflación haitiana.
Un cuarto modelo, más técnico, viene a confirmar este resultado desde otro ángulo. Cuando se estudia la trayectoria de largo plazo de los precios, del tipo de cambio y del salario, se observa que esas tres variables están ligadas por una relación de equilibrio que las hace volver a ella cuando se alejan. Pero esa fuerza restauradora no actúa en todas las direcciones. Son los precios los que se reajustan al tipo de cambio cuando la brecha se amplía, nunca a la inversa. El tipo de cambio es la variable «fuerte» del sistema. El salario mínimo, por su parte, también se ajusta, lo que corresponde simplemente a la recuperación que las autoridades llevan a cabo tras los movimientos de precios, no a un efecto causal del salario sobre la inflación.
Lo que dicen estas pruebas y lo que no dicen
Seamos precisos sobre lo que establece este conjunto de pruebas. Establece que, en el período observado y condicionado a las variables consideradas, la variación del salario mínimo no aporta ninguna información estadística para predecir la inflación. Establece que la depreciación del tipo de cambio sí aporta una información significativa y económicamente importante. Establece que, en el horizonte en el que se conciben las políticas públicas, unos dos años, el tipo de cambio pesa treinta veces más que el salario mínimo en la formación de los precios.
Estas pruebas no dicen que el salario mínimo no tenga efecto alguno sobre nada. No se pronuncian, por ejemplo, sobre la posibilidad de que la escala empuje al alza los salarios situados justo por encima del mínimo, por efecto de arrastre. Tampoco se pronuncian sobre los posibles efectos del salario mínimo en la contratación, porque trabajamos con una ecuación de precios, no con una ecuación de empleo. Para responder a esta última pregunta harían falta datos detallados por fábrica que el sector no publica. Estas pruebas tampoco dicen qué ocurriría si la escala se multiplicara por cinco o por diez de golpe. Nuestro período de observación contiene ajustes del orden del 30 al 50 % de una sola vez. Más allá, extrapolamos, y extrapolar es un ejercicio arriesgado.
Con estas reservas, la conclusión sigue siendo sólida. Y la refuerza un argumento de escala. La masa salarial total del sector textil pagada al salario mínimo representa, en el escenario favorable en que se aplicara la escala recomendada, unos 6.6 mil millones de gourdes al año, es decir, el 0.6 % del producto interno bruto nominal. Con el salario vigente de 685 gourdes, la cifra baja al 0.4 %. Y esa masa salarial concierne a unas 26 500 personas, es decir, el 0.5 % de la población activa estimada por el Banco Mundial y la Organización Internacional del Trabajo (OIT)5. Imaginar que una señal salarial que afecta a una fracción tan marginal de la economía pueda impulsar por sí sola el índice general de precios supone invertir las proporciones. Es como acusar a un guijarro de provocar una avalancha.
3. ¿De dónde viene entonces la inflación?
Si el salario mínimo no carga con la responsabilidad, falta decir qué carga con ella. La forma más sencilla de responder es mirar qué pesa, dentro de la canasta de consumo de los hogares, en la deriva de los precios. El IHSI organiza esa canasta en grandes categorías, llamadas divisiones de consumo: alimentación, vivienda, transporte, vestido, restaurantes, comunicaciones, recreación, bienes y servicios diversos. Cada categoría tiene un peso en la canasta (la alimentación representa la mitad; la vivienda y la energía, alrededor del 14 %, etc.) y cada una tiene su propia inflación. La contribución de una categoría a la inflación total es su peso multiplicado por su propia inflación.
Cuadro 3. Contribución de las principales divisiones a la inflación total, septiembre de 2025
| División | Ponderación | Var. anual | Participación en la inflación |
|---|---|---|---|
| Alimentos y bebidas | 50.6 % | 35.1 % | 52.2 % |
| Vivienda, agua, gas, electricidad | 14.0 % | 48.8 % | 20.1 % |
| Restaurantes | 7.5 % | 32.3 % | 7.1 % |
| Transporte | 9.5 % | 25.0 % | 7.0 % |
| Otras divisiones | 18.4 % | 21-28 % | 13.6 % |
Fuentes: IHSI, boletín Coin de l’IPC, septiembre de 2025. Las ponderaciones utilizadas son estimaciones derivadas de la Encuesta de Presupuesto y Consumo de los Hogares 2017-2018; las ponderaciones actualizadas del IHSI pueden diferir marginalmente, lo que explica una diferencia del orden de 2 puntos entre la suma de las contribuciones reconstruidas y la inflación total publicada. Cálculos del autor.
El cuadro 3 ofrece lo esencial. En septiembre de 2025, la inflación total procede en un 52 % de la partida de alimentos y en un 20 % de la de vivienda y energía. Esas dos partidas, por sí solas, explican cerca de las tres cuartas partes de la deriva de los precios. Los salarios, en cambio, no aparecen en ninguna parte de esta descomposición, porque no entran directamente en la canasta de consumo. Solo entran en ella de forma indirecta, a través del costo de la mano de obra en la producción de los bienes consumidos. Y acabamos de ver que esa vía es estadísticamente despreciable.
Conviene añadir un matiz importante. El IHSI publica también cada mes una descomposición adicional que distingue los productos locales de los importados. En septiembre de 2025, la inflación de los productos locales alcanzó el 34.1 %, frente al 28.7 % de los importados. Por primera vez en el período reciente, los productos fabricados en Haití se encarecen más deprisa que los que vienen del extranjero, pese a un entorno internacional más bien moderado. Esta inversión se explica por los costos logísticos internos ligados a la inseguridad, por las rupturas de las cadenas de suministro nacionales, por los rescates informales impuestos en los corredores viales y por la captación oligopólica de los circuitos de distribución. Invalida la lectura mecánica según la cual la inflación haitiana no sería más que un fenómeno de importación pasiva. Una parte creciente de la dinámica inflacionaria se genera ahora en el interior, por fallas de los mercados y por renta logística.
Esta precisión importa para el resto del razonamiento. Si la inflación procediera exclusivamente del tipo de cambio y de los mercados mundiales, al menos cabría esperar que una estabilización monetaria bastara para contenerla. Si ahora procede también del deterioro de las condiciones de circulación y de competencia dentro del país, salir de la crisis inflacionaria exige una agenda mucho más amplia: seguridad en las carreteras, regulación de los márgenes de los oligopolios importadores, almacenamiento estratégico de algunos productos clave, control efectivo de la entrada de mercancías en los principales puertos. Ninguno de esos frentes se resuelve con un decreto salarial.
4. ¿Por qué el debate da vueltas en círculo?
A estas alturas del razonamiento, hay dos hechos establecidos. El salario mínimo ha perdido la mitad de su poder adquisitivo en la década, y no es el motor de la inflación. La pregunta siguiente se impone casi por sí sola: ¿por qué, pese a esas evidencias, el debate público sigue representando la misma escena a intervalos tan cortos? La respuesta, a mi juicio, cabe en una fórmula. El debate haitiano adolece de pedir a un único instrumento que lleve tres cargas que no tienen ni la misma temporalidad ni las mismas palancas.
La primera carga es la del poder adquisitivo inmediato. Las obreras que salen a la calle no defienden una teoría del crecimiento ni una estrategia industrial. Defienden un ingreso real que se desploma a un ritmo histórico. Esa urgencia exige instrumentos rápidos: un ajuste alineado con la inflación observada, transferencias monetarias focalizadas en los hogares más expuestos a la inseguridad alimentaria, subsidios limitados en el tiempo para algunos productos de primera necesidad, cuya lista convendría establecer a partir de encuestas de consumo y no de arbitrajes políticos discrecionales. El salario mínimo tiene su lugar en ese dispositivo, pero no puede ser su única pieza, aunque solo sea porque su cobertura efectiva se limita a una fracción reducida del empleo formal.
La segunda carga es la de la productividad del trabajo, es decir, el valor que el trabajo haitiano logra efectivamente crear. Aquí se aloja la intuición acertada de quienes denuncian la maquila como un callejón sin salida. La especialización haitiana en la confección por encargo, es decir, el ensamblaje de prendas a partir de telas, diseños y marcas suministrados por otros, ha encerrado a la industria local en el segmento menos remunerador de la cadena textil mundial. De cada 100 dólares de ropa exportada desde Haití, solo unos 20 remuneran factores de producción haitianos (el trabajo, el capital local, los impuestos). El resto corresponde al costo de los insumos importados y a los márgenes que captan, aguas arriba y aguas abajo, otros actores. En países comparables como Bangladés o Etiopía, esa parte de valor agregado local alcanza entre el 40 y el 60 %6. La diferencia no es anodina: es la que fija, a la larga, el techo del salario que pueden pagar las fábricas haitianas.
Concebir una subida de gama del textil haitiano supone un conjunto coherente: escuelas de diseño, protección efectiva de la propiedad intelectual, instrumentos de financiamiento a mediano plazo, acceso estable a la energía, seguridad en los corredores logísticos. Ninguno de esos frentes avanza hoy de manera significativa. La comparación regional es elocuente: con 7.6 dólares diarios para el salario recomendado, y apenas 5.2 dólares para el vigente, el salario mínimo textil haitiano es uno de los más bajos de la zona Caribe-Centroamérica7. La República Dominicana paga unos 13.9 dólares diarios en zona franca; Honduras, 12.8; Guatemala, 13.8. Esa compresión salarial no impidió, sin embargo, que en el mismo período se desplomara el empleo: de unos 62 000 puestos en 2021 a 26 500 a finales de 2024, según Better Work Haiti. La competitividad no se gana por abajo. La historia reciente lo demuestra por la vía negativa.
Fuente: Better Work Haiti, informes semestrales 2018-2025. Compilación del autor.
La tercera carga es la de las instituciones del mercado laboral, es decir, el conjunto de reglas, órganos e instrumentos que permiten que una política salarial tenga un efecto real sobre el terreno. El Consejo Superior de Salarios, que debería ser el foro tripartito de negociación, se reúne de forma irregular, transmite sus informes con retraso y ve a veces sus recomendaciones suspendidas durante meses, como ilustra claramente el año 2025. La cobertura del salario mínimo en la economía real, más allá de los pocos enclaves formales que son la función pública, el sector bancario y la industria maquiladora, sigue siendo en gran medida teórica. El Código del Trabajo prevé mecanismos de protección que ni la inspección del trabajo ni los tribunales de instancia tienen medios para hacer cumplir. La seguridad social, a través de la ONA y la OFATMA, funciona en circuito restringido, con tasas de cobertura marginales en el sector informal, que concentra la mayor parte del empleo. Sin reconstruir ese ecosistema institucional, el salario mínimo sigue siendo una señal sin correa de transmisión, una norma cuyo alcance se reduce a medida que avanza la informalidad.
Por eso el debate da vueltas en círculo. Al confundir esas tres cargas bajo un solo instrumento, se fabrica una disputa en la que ninguno de los dos bandos se equivoca en su propio registro, pero en la que ambos hablan de algo distinto de lo que el instrumento puede producir realmente. Los defensores de un ajuste sustancial tienen razón sobre la urgencia social, pero sobrestiman lo que la escala puede lograr por sí sola. Los opositores a cualquier aumento tienen razón sobre la modestia del instrumento, pero deducen equivocadamente que, por tanto, hay que abstenerse de usarlo. La trampa está en el encuadre de la discusión, no en las posiciones de los protagonistas.
5. ¿Qué habría que hacer concretamente?
De este análisis se desprenden algunas recomendaciones que no pretenden ser exhaustivas. Ninguna es nueva en su principio; su articulación, en cambio, condiciona su eficacia.
Primero, instituir un mecanismo de indexación automática del salario mínimo a la inflación observada. En concreto, esto significaría que al comienzo de cada año la escala se recalcularía mecánicamente a partir del promedio de las tasas de inflación publicadas por el IHSI en los doce meses anteriores, sin necesidad de una decisión discrecional. Ese mecanismo le quitaría a cada ciclo su carácter políticamente explosivo. Convertiría una decisión negociada en el enfrentamiento en una regla técnica, previsible tanto para los empleadores como para los trabajadores. Una cláusula de revisión cada dos años permitiría discutir una eventual recuperación del poder adquisitivo perdido, sin poner en cuestión el propio mecanismo de indexación.
Después, disociar explícitamente la política salarial de la política de ingresos. Una fracción nada desdeñable del apoyo al poder adquisitivo de los hogares más pobres nunca pasará por el salario mínimo, sencillamente porque esos hogares se desenvuelven en la informalidad o en el autoempleo. Para llegar a ellos hacen falta otros instrumentos: transferencias monetarias condicionadas, es decir, ayudas que se pagan a cambio de la escolarización de los hijos o del control sanitario de un lactante; programas ampliados de comedores escolares; subsidios focalizados en la electricidad residencial para los primeros kilovatios hora de consumo. El costo presupuestario de esos dispositivos no es neutro, pero sigue siendo muy inferior al costo económico acumulado del actual desplome del poder adquisitivo, que se traduce en emigración masiva y en una contracción duradera de la demanda interna.
En el plano industrial, aceptar que la solución no está solo en el textil, y que tampoco está en una milagrosa subida de gama de la maquila existente. Los segmentos de mayor valor agregado se crean mediante una larga acumulación de capacidades, no por decreto. El papel del Estado, desde esta perspectiva, es menos el de un planificador que el de un coinversor paciente y un regulador serio. En particular, debería reconsiderar el régimen fiscal de las zonas francas, que hoy privilegia el volumen en detrimento del valor agregado local, vinculándolo a contrapartidas medibles en materia de formación y de transferencia tecnológica.
Por último, y sobre todo, tratar la cuestión del tipo de cambio y la de las cadenas logísticas internas como las verdaderas variables de la política antiinflacionaria. La depreciación explica el 36 % de la varianza predictiva de la inflación con un horizonte de dos años, y la descomposición por divisiones muestra que el tercio que falta se aloja en fallas internas más que en choques importados. Mientras no se reconozca esa jerarquía, ninguna política salarial podrá restablecer de forma duradera el poder adquisitivo. Lo que importa es el orden de las prioridades: primero, estabilizar el tipo de cambio y asegurar las carreteras; después, ajustar automáticamente la escala; en paralelo, sostener el ingreso de los hogares informales; y, a más largo plazo, reconstruir las capacidades industriales.
6. Lo que este análisis no dice
Todo análisis económico descansa en supuestos, y toda conclusión vale dentro de los límites de lo que efectivamente se ha medido. Importa enunciarlos con claridad, por probidad intelectual y porque las recomendaciones anteriores solo son prudentes si se acepta acotar lo que presuponen.
La serie mensual de inflación se reconstruyó a partir de las publicaciones del IHSI para el período 2014-2025, es decir, 144 observaciones. Es suficiente para pruebas econométricas estándar, pero corta para identificar con finura efectos que idealmente requerirían varios ciclos completos. La serie del índice de precios en niveles, que sirve para calcular el salario real, es a su vez una reconstrucción por encadenamiento de las tasas de inflación interanual publicadas, con un punto de anclaje en enero de 2014. Puede, por tanto, divergir marginalmente del IPC oficial que publica el IHSI con base 100 en 2017-2018. La serie mensual del tipo de cambio se interpoló a partir de datos anuales publicados por el BRH, lo que suaviza una variable muy volátil y puede subestimar la transmisión a muy corto plazo. Los escalones del salario mínimo, por naturaleza discretos y poco frecuentes, crean además una dificultad de identificación: las variaciones de la escala son escasas y están concentradas en el tiempo, lo que complica la medición de su efecto propio. Un defensor de la hipótesis inflacionaria siempre podrá objetar que nuestros coeficientes captan mal un efecto real pero discontinuo. La objeción no es absurda, pero no puede utilizarse para sostener la hipótesis inversa, a saber, un efecto inflacionario masivo que los datos habrían pasado por alto.
El análisis versa sobre la inflación, es decir, sobre los precios. No versa sobre el empleo. Si el salario mínimo no alimenta la deriva de los precios, no puede deducirse de ello que no tenga ningún efecto sobre la contratación en el sector formal afectado. La pregunta existe y requiere otros datos, esta vez microeconómicos, que no publican ni las fábricas de la maquila ni la administración. Todo lo que podemos decir es que la contracción masiva del empleo textil en el período reciente, de 62 000 a 26 500, se produjo mientras la escala permanecía estable. Eso invita a buscar las causas en otra parte que no sea la evolución salarial: crisis de seguridad, incertidumbre en torno a la renovación de las preferencias comerciales estadounidenses, desorganización logística.
Los ajustes observados en nuestros datos se mantienen en un rango de variación moderado, del orden del 30 al 50 % de una sola vez. El análisis no dice nada de lo que ocurriría si el salario mínimo se duplicara o se triplicara bruscamente. Una reforma de esa magnitud saldría de los rangos de variación observados, y sus efectos no pueden deducirse mecánicamente de nuestras regresiones. La prudencia obliga a decirlo.
Por último, una prueba complementaria, que compara el comportamiento de las series antes y después de enero de 2020, sugiere que la transmisión del tipo de cambio a los precios se ha intensificado en el período reciente, pasando de alrededor del 3 % al 7 % a corto plazo. Esa inflexión es significativa con un umbral estadístico del 10 % (p = 0.09), sin alcanzar el umbral convencional del 5 %. Merece seguimiento. No debilita la conclusión principal del artículo. Sugiere más bien que la transmisión de los choques se intensificó durante la fase de debilitamiento institucional, lo que, paradójicamente, refuerza la pertinencia de tratar la cuestión del tipo de cambio y la de los mercados internos como la prioridad.
Al término de este recorrido, lo esencial cabe en pocas palabras. El debate haitiano sobre el salario mínimo moviliza desde hace quince años energías considerables para producir resultados marginales. Los ajustes arrancados al precio de movilizaciones a veces sangrientas no bastan para compensar la erosión real, que alcanza casi la mitad del poder adquisitivo en la última década en el escenario más favorable, y aún más si sigue en vigor la escala efectivamente aplicada, de 685 gourdes. Los argumentos contra el ajuste, basados en el temor a una espiral inflacionaria, no resisten el examen empírico realizado aquí, dentro de los límites de lo que ese examen puede establecer. Y la disputa se repite, idéntica a sí misma, a intervalos cortos, sin que ninguna de las tres cuestiones de fondo, el poder adquisitivo, la productividad y las instituciones, reciba el tratamiento específico que requeriría.
Devolver al salario mínimo su función propia, que es proteger el umbral mínimo de remuneración del trabajo formal y señalar una norma social, supone reconstruir en paralelo las demás piezas del dispositivo. Es un programa. No es un eslogan. Tiene el inconveniente de no poder resumirse en una fórmula, y esa es sin duda la razón por la que le cuesta abrirse paso en una conversación pública estructurada por las urgencias del calendario social. Pero si no se emprende, el país seguirá representando cada año la misma escena, con los mismos actores, los mismos argumentos y el mismo desenlace silencioso: un salario mínimo que pierde un poco más de su sustancia y una economía que se hunde un poco más en una estanflación de la que ya no sabe cómo salir.
Notas y fuentes
1. Consejo Superior de Salarios, Octavo informe sobre la fijación de los salarios mínimos por sectores de actividad, Puerto Príncipe, mayo de 2025. La escala recomendada fija el Segmento A en 1000 HTG/día a partir de abril de 2025. Ningún decreto presidencial la había oficializado en la fecha de las últimas fuentes utilizadas en este artículo; véase Central Autónoma de Trabajadores Haitianos, comunicado difundido por AlterPresse, 20 de septiembre de 2025.
2. Card David y Krueger Alan, «Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania», American Economic Review, 84(4), 1994. Para una síntesis reciente, Manning Alan, «The Elusive Employment Effects of the Minimum Wage», Journal of Economic Perspectives, 35(1), 2021.
3. Todas las series mensuales utilizadas proceden del Coin de l’IPC (IHSI), de las publicaciones del BRH y de los informes del Consejo Superior de Salarios. Empleo textil: Better Work Haiti / OIT. Coherencia verificada con FMI, Country Report 25/19, enero de 2025. La metodología completa, las decisiones de reconstrucción de las series y los límites de las estimaciones se discuten al final del artículo.
4. Ley del 6 de octubre de 2009 por la que se fija el salario mínimo, Le Moniteur, año 164, n.º 92. Para la cronología completa de los decretos sucesivos: Volmar Sonel, «Petite histoire du salaire minimum de 1934 à 2022», HDIT Cabinet Volmar, mayo de 2022.
5. Empleo textil: 26 500 a finales de 2024, según Better Work Haiti. Población activa: proyección del Banco Mundial y la OIT para 2024, anterior a los desplazamientos internos y la emigración masivos documentados desde 2023, que probablemente redujeron la base activa sin que se disponga de una estimación pública actualizada. PIB nominal 2023-2024: aproximadamente 1.1 billones de HTG (IHSI, Cuentas económicas 2024).
6. Center for Global Development, «Haiti’s Apparel Sector and the Search for Higher Value Added», policy paper, 2016. Allí se estima en torno al 20 % la proporción de valor agregado nacional en las exportaciones textiles haitianas, frente a un 40 a 60 % en comparadores regionales como Bangladés o Etiopía.
7. Empleo textil haitiano: Better Work Haiti, informes semestrales 2018-2025. Comparación regional: ministerios de Trabajo nacionales, 2025 (Resolución CNS 02/2024 para la República Dominicana, Acuerdo Ejecutivo STSS-001-2025 para Honduras, escalas equivalentes para El Salvador, Guatemala y Nicaragua). Conversión a USD a los tipos de cambio promedio de 2025, sobre la base de 22 días hábiles al mes.