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La economía criminal haitiana: un análisis a través de la curva de Laffer

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Publicado en Le Nouvelliste el 20 de agosto de 2025. Leer en lenouvelliste.com ↗

Traducción del original francés. En caso de discrepancia, prevalece el texto francés. Leer el original en francés

Los ingresos fiscales de Haití cayeron al 5.2 % del PIB en 2024, frente al 6.3 % un año antes, una de las presiones fiscales más bajas del mundo. La columna lee ese desplome con la curva de Laffer y muestra que el Estado y los grupos armados extraen ahora de la misma base imponible.

Las cifras son implacables. Los ingresos fiscales haitianos cayeron al 5.2 % del PIB en 2024, frente al 6.3 % en 2023, según el Macro Poverty Outlook del Banco Mundial. Esa proporción, una de las más bajas del mundo, revela un Estado que ha perdido su capacidad fundamental de recaudar impuestos.

Paralelamente, la coalición criminal Viv Ansanm («vivir juntos» en criollo), formada en 2023, controla entre el 80 y el 90 % de Puerto Príncipe según los informes de la ONU, con una estimación convergente en torno al 85 %. Los peajes que imponen esos grupos, que Mercy Corps sitúa entre 500 y 5000 gourdes haitianas según el tipo de vehículo y de mercancía, constituyen ahora el sistema de recaudación dominante en el territorio.

Esta sustitución de la autoridad fiscal plantea una pregunta teórica precisa: ¿aplican las pandillas, consciente o inconscientemente, el principio de la curva de Laffer a su sistema de extorsión? ¿Existe una tasa óptima por encima de la cual sus ingresos disminuirían por la destrucción de la base económica?

Los mecanismos de extracción: datos empíricos

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) documenta en sus informes de 2024 la multiplicación de los puestos de control en los ejes comerciales, lo que genera un aumento medible de los costos de transporte que repercute en los precios de los alimentos. La terminal de Varreux, que según los análisis de seguridad alimentaria almacena más del 70 % de los productos petroleros del país, sufre bloqueos intermitentes de 48 a 72 horas, una estrategia que maximiza el impacto económico sin los costos de una ocupación permanente.

Los trabajos de Konrad y Skaperdas (1998), publicados en el Journal of Economic Behavior & Organization, modelizan matemáticamente esta dinámica: un depredador racional modula su tasa de extracción para mantener la viabilidad de su base económica. Balletta y Lavezzi (2023), en su estudio empírico sobre Sicilia, confirman esta hipótesis con datos concretos: las tasas de extorsión mafiosa van del 40 % para las microempresas al 2 % para las grandes sociedades, una discriminación de precios que maximiza los ingresos totales.

La particularidad haitiana es la ausencia de restricción estatal. En el modelo teórico estándar, la capacidad represiva del Estado limita la tasa óptima de extorsión. En Haití, esa variable está cerca de cero, lo que en teoría debería permitir tasas más altas. Sin embargo, las observaciones sugieren una moderación relativa, lo que confirma la existencia de otras restricciones limitantes.

Sector agrícola: los datos de la presión diferenciada

La agricultura representa el 16 % del PIB haitiano y emplea a entre el 45 y el 50 % de la población activa, según los Indicadores del Desarrollo Mundial (WDI) del Banco Mundial. El PIB total se contrajo un 4.2 % en 2024 según la misma fuente, con un marcado retroceso del sector agrícola.

La FAO y FEWS NET, en sus boletines de 2024, documentan cosechas inferiores al promedio quinquenal, resultado de tres factores medibles: la inseguridad (que afecta el acceso a las tierras), el aumento de los costos logísticos (documentado por el PMA) y las variaciones climáticas (precipitaciones irregulares registradas por las estaciones meteorológicas).

La resiliencia relativa del sector se explica por factores objetivos. En primer lugar, la distancia geográfica entre las zonas de producción rurales y los epicentros de la violencia urbana, cartografiada por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). En segundo lugar, la estructura de subsistencia dominante: con explotaciones de menos de una hectárea en promedio según el censo agrícola, el excedente extraíble sigue siendo estructuralmente limitado.

Los testimonios recogidos sobre el terreno sugieren una modulación estacional de los cobros: mínimos durante las temporadas de escasez, cuando la liquidez de los campesinos está en su punto más bajo, aumentan después de las cosechas. Esta variación temporal, si se confirma, indicaría que los grupos criminales comprenden empíricamente las restricciones de tesorería de la agricultura.

Comparaciones internacionales: datos convergentes

En El Salvador, el Banco Central y el PNUD estimaron que la extorsión representaba hasta el 3 % del PIB antes de las operaciones de represión de 2019-2022, con el 70 % de las empresas afectadas en las zonas controladas. Los datos microeconómicos recogidos por el BID (2016) mostraban una correlación negativa entre tasa de extorsión y supervivencia de las empresas: por encima del 15 % de la facturación, la tasa de cierre se duplicaba.

En Sicilia, Balletta y Lavezzi (2023) analizaron 1200 casos de extorsión documentados entre 2010 y 2020. Sus resultados confirman empíricamente la curva de Laffer criminal: los ingresos de la extorsión siguen una función cóncava de la tasa, con un máximo en torno al 8-10 % para las empresas medianas. Más allá, las quiebras y las deslocalizaciones reducen los ingresos totales.

En Somalia, durante la guerra civil, los señores de la guerra desarrollaron sistemas de tributación en sus respectivos feudos. Los estudios disponibles sugieren una notable convergencia hacia tasas similares (10-15 % sobre las actividades comerciales) pese a la ausencia de coordinación, lo que ilustra quizá una forma de selección natural económica en la que solo persisten las tasas «viables».

Gobernanza criminal: observaciones empíricas

Los informes de la OCHA y de Médicos Sin Fronteras (MSF) documentan formas de regulación criminal en los territorios controlados. Los datos de acceso humanitario recopilados por la OCHA muestran que el 47 % de los intentos de acceso médico en zona controlada requieren una negociación previa, con una tasa de éxito variable según los grupos (del 20 al 80 % según los territorios).

Esa provisión mínima de «servicios» modifica la economía de la extorsión. Las encuestas de percepción (Mercy Corps, 2024) indican que, en algunos barrios, el 30 % de los residentes considera los pagos a las pandillas «parcialmente justificados» por los servicios prestados (seguridad relativa, arbitraje de conflictos). Esa legitimación parcial desplaza en teoría la curva de Laffer hacia la derecha y aumenta la tasa de extracción tolerable.

El fenómeno recuerda el análisis clásico de Charles Tilly sobre la formación de los Estados europeos: la transformación progresiva del bandidaje en protoestado mediante la rutinización de la extracción y la provisión de protección. En Haití, esa evolución se observa a cámara rápida, comprimida en unos pocos años en lugar de siglos.

Restricciones estructurales: los límites cuantificables

La pobreza es la primera restricción. Con el 59 % de la población por debajo del umbral nacional de pobreza y el 20 % en pobreza extrema (Banco Mundial, 2024), la base extraíble está matemáticamente limitada. El ingreso mediano por habitante, estimado en menos de 2 dólares diarios, fija un techo absoluto a la extracción.

La emigración, que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) cifra en más de 300 000 salidas desde 2021, representa una hemorragia de capital humano y financiero. Cada ola de violencia provoca picos de emigración medibles en las estadísticas consulares de los países vecinos, lo que reduce mecánicamente la base imponible.

La fragmentación territorial, cartografiada por la Global Initiative Against Transnational Organized Crime, arroja más de 200 grupos armados distintos. Esa atomización genera una competencia que, según la teoría económica estándar, debería empujar a la baja los «precios» (las tasas de extorsión) en las zonas disputadas. Las observaciones empíricas confirman tasas más bajas en las zonas fronterizas entre territorios de pandillas rivales.

La limitada capacidad logística constituye una restricción adicional. Mantener puestos de control exige recursos humanos permanentes, estimados en 5 a 10 hombres por barricada según las observaciones sobre el terreno. Con efectivos totales estimados en 15 000-20 000 miembros activos para el conjunto de las pandillas (BINUH, 2024), la cobertura territorial completa es matemáticamente imposible.

Impacto macroeconómico: los indicadores

El PIB haitiano se contrajo un 4.2 % en 2024 (Banco Mundial), con marcadas variaciones sectoriales: −7 % en el comercio, −5 % en el transporte, pero solo −2 % en los servicios informales, menos expuestos a la extorsión en las carreteras. Esta diferenciación sectorial confirma el vínculo causal entre intensidad de la extorsión y desempeño económico.

La inflación, medida en un 22.8 % interanual por el Instituto Haitiano de Estadística e Informática (IHSI), refleja en parte los sobrecostos logísticos. El PMA estima que los costos de transporte representan ahora el 35 % del precio final de los alimentos en la capital, frente al 20 % en 2020. Ese aumento de 15 puntos porcentuales puede atribuirse en gran medida a los peajes criminales y a los desvíos impuestos por la inseguridad.

La dolarización alcanza el 69 % de los depósitos bancarios según el Banco de la República de Haití (BRH), en junio de 2024, lo que ha reducido la base monetaria en gourdes un 40 % en términos reales desde 2022. Esa huida hacia el dólar, mecanismo de protección frente a la incertidumbre, limita drásticamente la eficacia de la política monetaria. El multiplicador monetario cayó a 1.2, su nivel más bajo de la historia, señal de una economía que funciona cada vez más en efectivo.

La inversión privada se ha desplomado un 60 % desde 2020 según las estimaciones del FMI. Las encuestas a empresas revelan que los costos de seguridad representan ahora entre el 15 y el 20 % de los gastos de explotación, frente al 3 % en 2018. Esa quintuplicación de los costos de seguridad absorbe la mayor parte de los márgenes y desalienta toda inversión productiva.

El equilibrio extractivo: entre datos fragmentarios y tendencias observables

Los datos disponibles, aunque fragmentarios, dibujan los contornos de un equilibrio económico degradado pero relativamente estable. Los testimonios recogidos por Mercy Corps y otras ONG coinciden en tasas de extorsión que oscilan entre el 10 y el 20 % del valor de las transacciones según los sectores. Esos niveles, aunque considerables, parecen calibrados para mantener la actividad económica mínima necesaria para que la extracción continúe.

La Cámara de Comercio de Haití documenta una contracción del 30 % del número de empresas registradas formalmente desde 2020. Esa erosión significativa del tejido productivo formal va acompañada probablemente de un desplazamiento hacia la informalidad, estrategia clásica de elusión fiscal que también se aplica a la extorsión criminal. Que el 70 % de las empresas sobreviva pese a la presión sugiere que el sistema no ha alcanzado su punto de ruptura.

El proyecto Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), una base de datos que registra los incidentes violentos en todo el mundo, contabiliza para Haití un promedio de 15 eventos de seguridad por semana en 2024. Esos datos, que incluyen enfrentamientos entre pandillas, secuestros y ataques contra civiles, ofrecen una medida cuantificable, aunque imperfecta, del clima de inseguridad. La OIM observa una correlación directa entre esos picos de violencia y las salidas masivas, con aumentos del 40 % de los cruces fronterizos en las semanas más violentas.

El Banco Mundial, en sus proyecciones para Haití, estima que mantener el statu quo en materia de seguridad dejaría a la economía en torno al 75 % de su nivel de 2018. Ese estancamiento en un nivel degradado corresponde a lo que la teoría económica calificaría de equilibrio de baja intensidad: suficiente para la supervivencia del sistema extractivo, insuficiente para cualquier desarrollo. La brecha del 25 % respecto del potencial económico sin extorsión representa, en cierto modo, el costo macroeconómico de la economía criminal.

Las zonas francas: un caso particular

Las zonas francas industriales, en particular el parque de Caracol y la SONAPI, ilustran una forma sofisticada de adaptación a la economía criminal. Esos espacios, que generan el 90 % de las exportaciones manufactureras según los datos aduaneros, son objeto de una estrategia de extracción indirecta documentada por varias fuentes.

En lugar de atacar de frente esas zonas (lo que provocaría la salida inmediata de los inversionistas extranjeros), las pandillas cobran en la periferia: el transporte de los empleados, el comercio informal en torno a los sitios, los subcontratistas locales. El costo total de esos cobros, estimado por extrapolación de los testimonios en un 8-12 % de la masa salarial, se mantiene justo por debajo del umbral que haría inviables las operaciones.

Este enfoque revela una comprensión intuitiva de la elasticidad diferenciada de la demanda. Las multinacionales, muy móviles, quedan a salvo. Los trabajadores locales, cautivos geográficamente, soportan la mayor parte de la carga. Es una forma de discriminación de precios de tercer grado, teorizada por Pigou pero aplicada aquí en un contexto criminal.

Los parámetros de la reconstrucción

Con un 5.2 % del PIB en ingresos fiscales, el Estado haitiano dispone de unos 90 millones de dólares anuales para el conjunto de sus funciones soberanas, es decir, menos de 8 dólares por habitante. A modo de comparación, incluso los Estados más pobres del África subsahariana movilizan en promedio 50 dólares por habitante. Ruanda, citada a menudo como modelo de reconstrucción posconflicto, recauda 140 dólares por habitante.

El costo de asegurar un kilómetro de carretera, estimado por la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) en 50 000 dólares anuales en el contexto haitiano, implicaría un presupuesto de seguridad de 150 millones de dólares solo para los 3000 kilómetros de ejes principales. Es matemáticamente imposible con los ingresos actuales, aun dedicándole la totalidad del presupuesto.

La teoría económica (Besley y Persson, 2011, «Pillars of Prosperity») establece que, por debajo del 12-15 % del PIB en ingresos fiscales, un Estado no puede garantizar sus funciones mínimas. Haití se encuentra, pues, en una «trampa de baja capacidad» de la que solo puede salir mediante un choque externo positivo masivo. Las simulaciones econométricas sugieren que habría que triplicar los ingresos fiscales en cinco años para alcanzar el umbral de viabilidad.

La dimensión temporal: urgencia y largo plazo

El análisis dinámico revela una carrera contrarreloj. Cada año adicional en el equilibrio criminal actual erosiona aún más la base productiva. Los modelos de crecimiento endógeno predicen que, por debajo de cierto stock de capital (humano y físico), la recuperación se vuelve exponencialmente más difícil.

Los datos sobre educación son especialmente alarmantes. Con el 70 % de las escuelas cerradas o funcionando de forma intermitente en las zonas afectadas (UNICEF, 2024), toda una generación crece sin instrucción formal. El costo económico de esa «generación perdida» se medirá en puntos de PIB perdidos durante décadas.

La infraestructura se degrada a un ritmo acelerado. La red vial, ya limitada, pierde el 5 % de su capacidad cada año según las estimaciones del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Comunicaciones (MTPTC). Sin mantenimiento, el 50 % de las carreteras secundarias serán intransitables de aquí a 2030, lo que aislará definitivamente a algunas regiones productivas.

Recomendaciones: salir de la trampa extractiva

El análisis a través de la curva de Laffer sugiere varios ejes de intervención prioritarios para romper el equilibrio criminal actual.

En primer lugar, la reconstrucción de la capacidad fiscal del Estado es el requisito previo absoluto. Para pasar del 5.2 % a un mínimo del 12 % del PIB en ingresos públicos (umbral mínimo de viabilidad según la literatura económica), el Estado debería apuntar a los segmentos que la extorsión criminal todavía no alcanza. La tributación de las importaciones en el puerto, la formalización progresiva del sector de las telecomunicaciones y el gravamen de las grandes propiedades inmobiliarias constituyen yacimientos fiscales explotables a corto plazo. Duplicar los ingresos en tres años parece ambicioso, pero técnicamente factible con la asistencia técnica adecuada.

En segundo lugar, se impone asegurar de forma secuencial los corredores económicos críticos. En lugar de una reconquista territorial dispersa, el Estado debería concentrar sus limitados recursos en tres ejes: el corredor Puerto Príncipe/Artibonito para el abastecimiento alimentario, el eje portuario que incluye Varreux para la energía y las zonas francas industriales para las exportaciones. Asegurar esos tres espacios, que suman menos de 200 kilómetros de carreteras, requeriría unos 10 000 hombres según los estándares de la MINUSTAH, un objetivo alcanzable con el apoyo internacional actual.

En tercer lugar, la creación de un «seguro contra la extorsión» para transportistas y comerciantes podría modificar los incentivos económicos. Un fondo de garantía, alimentado por los donantes internacionales y gestionado por una institución independiente, compensaría parcialmente a los operadores económicos formales por las pérdidas debidas a la extorsión. Este mecanismo, cuyo costo se estima en 50 millones de dólares anuales, incentivaría la formalización y permitiría, a la vez, rastrear los flujos criminales.

En cuarto lugar, la creación de «zonas económicas seguras» piloto demostraría la superioridad del modelo estatal sobre el modelo criminal. En esos espacios delimitados (un barrio de Puerto Príncipe, un municipio rural del Artibonito), el Estado concentraría servicios públicos, seguridad e inversiones para crear una diferencia visible con las zonas bajo control criminal. El costo, estimado en 100 millones de dólares por zona en dos años, es modesto comparado con la ayuda internacional prometida.

En quinto lugar, una estrategia de comunicación económica focalizada podría erosionar la base de legitimidad de las pandillas. Publicar con regularidad el «costo de la extorsión» (su impacto en los precios de los alimentos, el empleo, los servicios) transformaría la percepción pública. Las pandillas perderían poco a poco su imagen de proveedoras de orden para volver a ser lo que son: parásitos económicos.

En sexto lugar, resulta indispensable poner en marcha un mecanismo de transición para los miembros subalternos de las pandillas. Un programa de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) adaptado al contexto haitiano, que ofrezca formación profesional y microcrédito, podría atraer a los elementos periféricos de las organizaciones criminales. El costo, estimado en 5000 dólares por combatiente desmovilizado, es inferior al costo social de mantenerlos en el sistema criminal.

Por último, la coordinación internacional debe articularse en torno a una condicionalidad positiva y no punitiva. Vincular la ayuda no a criterios abstractos de gobernanza, sino a avances medibles (carreteras aseguradas, aumento de los ingresos fiscales, descenso documentado de las tasas de extorsión) crearía incentivos alineados con el objetivo de salir de la crisis.

Conclusión: las implicaciones del análisis

La aplicación de la curva de Laffer a la economía criminal haitiana revela una racionalidad económica medible en los datos: ajuste de las tasas de extorsión según los sectores, modulación temporal de los cobros, diferenciación según la capacidad de pago. Las pandillas operan empíricamente en torno a un óptimo extractivo restringido por la pobreza, la movilidad de los factores y la competencia entre grupos.

Este análisis no es solo académico. Implica que toda estrategia de reconstrucción deberá tener en cuenta esa racionalidad económica. Reducir la extorsión exige no solo la fuerza, sino también la creación de alternativas económicas viables, la reconstrucción de una capacidad fiscal legítima y la provisión de servicios públicos superiores a los de las pandillas.

Los datos sugieren un umbral crítico: por debajo del 10 % del PIB en ingresos fiscales legítimos, el Estado no puede competir eficazmente con el sistema criminal. Alcanzar ese umbral exigirá un apoyo internacional masivo y coordinado, que el Banco Mundial estima en 2 mil millones de dólares anuales durante al menos cinco años.

Sin esa inversión, el equilibrio criminal actual, subóptimo pero estable, corre el riesgo de perpetuarse. La curva de Laffer nos enseña que existe un punto más allá del cual incluso los depredadores más decididos deben moderar sus apetitos. En Haití, ese punto de equilibrio se ha fijado en un nivel que permite la supervivencia pero impide el desarrollo. Comprender esa mecánica es esencial, pero insuficiente. Transformar ese equilibrio mortífero en una dinámica de reconstrucción sigue siendo el desafío central, cuya urgencia ya no se mide en años, sino en meses.

L’Anatomie de la Fracture

Un ensayo en preparación. Una carta ocasional para seguir su avance y saber cuándo se publica.

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